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lunes, 8 de junio de 2009

HABLANDO DE ... : NINFAS DEL VALLE -- GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

NINFAS DEL VALLE

(1948)

MARTA

I

El padre de la niña murió cuando Marta estaba todavía en la cuna y su madre falleció antes de que la niña cumpliera diez años de edad. Fue a vivir sus años de orfandad en la casa de un pobre vecino, que con su mujer y sus hijos, vivía de los frutos de la tierra en una pequeña y. aislada aldea, en uno de los hermosos valles del Líbano.

Al morir el padre de Marta, por toda herencia le dejó su nombre y una pobre cabaña que se alzaba entre nogales y álamos. De su madre sólo había hererado lágrimas de dolor y su orfandad total. Vivió como una extranjera en la tierra que la había visto nacer, sola entre árboles frondosos y altas rocas. Cada mañana, la niña caminaba descalza, vestida de harapos, e iba a ordeñar a las vacas a una región del valle donde el pasto era rico, y allí se sentaba la niña a la sombra de un árbol. Canta con los pajarillos y lloraba. con el arroyo, mientras enviciaba a las vacas por disponer de abun­dante comida. Contemplaba las flores y el revoloteo de las mariposas. Al hundirse el sol en el horizonte el hambre se apoderaba, de ella, y volvía a la cabaña, a sentarse junto a la hija de su tutor, y a comer una escasa ración de pan de maíz, con un poco de truta seca y frijoles humedecidos en vinagre y aceite de oliva. Después de la frugal cena, extendía pa .a seca en el: suelo, en un rincón, y se acostaba, reposando la cabeza en sus brazos. Luego se dormía y suspiraba, y deseaba que la vida` fuera un sueño largo y profundo, sin ensueños y sin despertar. Cerca del alba, su tutor la despertaba brusca­mente para que lo sirviera, y la niña despertaba temblando de miedo por la dureza y la ira de su tutor. Así pasaron varios años en la vida de Marta, la desventurada, entre aque­.llas distantes colinas y apartados valles.

Pronto comenzó a sentir la niña en su corazón el desper­tar de emociones que hasta entonces no había tenido; era como estar conciente del perfume del corazón de una flor. Extraños sueños y pensamientos se arremolinaban en ella, como un rebaño que cruzara un río. Despertaba en ella la mujer y parecía tierra fresca y virgen preparada para recibir la semilla del conocimiento, y para sentir las huellas de la experiencia. Era una muchacha retraída y pura, a la que un decreto inescrutable del destino había exiliado en aquella granja apartada, cuya vida se regía en todas sus fases con las estaciones del año. Era como una sombra de un dios desco­nocido, que residiera entre la tierra y el sol.

Los que hemos pasado la mayor parte de nuestra exis­tencia en ciudades llenas de gente sabemos muy poco de la vida de quienes habitan en los pueblos y en las aldeas apar­tadas del Líbano. Nos arrastra la corriente de la civilización moderna. Hemos olvidado -o por lo menos así lo pensamos­la filosofía de esa vida hermosa y simple, llena de pureza y de candor espiritual. Pero si volviéramos la mirada hacia esa -vida, la veríamos sonreír en lá primavera, la veríamos durmiendo la siesta al sol del verano; la veríamos cosechar en el otoño, y reposar en el invierno, y la consideraríamos como a nuestra madre naturaleza en todos sus estados de ánimo. Somos más ricos en bienes materiales que aquellos aldeanos; pero el espíritu del campesino es más noble que el nuestro. Nosotros sembramos mucho, y no cosechamos nada; en cambio, todo lo que ellos siembran lo cosechan. Nosotros, los que vivimos en la ciudad, somos esclavos de nuestros apetitos; ellos, son los hijos de la alegría simple. Nosotros bebemos en la copa de la vida un líquido entur­biado con amargura,, desesperación, temores y hastío. Ellos beben el claro vino de la vida sencilla.

Marta llegó a la edad de dieciséis años. Su alma era un reluciente espejo que reflejaba toda la hermosura de los campos, y su corazón era como los anchos valles, que repetía, como el eco, los sonidos dula. Naturaleza.

Un día de otoño, en que el campo parecía lleno de tristeza, la muchacha se sentó junto a un arroyo, sintiendo que su alma estaba libre de la prisión terrenal, como los pensamientos de la imaginación de un poeta, y contempla­ba la danza de las hojas amarillas conforme iban cayendo de los árboles. Veía cómo el viento jugaba con esas hojas, así como la muerte juega con las almas de los hombres. Obser­vaba las flores marchitas, con sus corazones secos y rotos en mil pedazos. Las flores almacenaban sus semillas en el seno de la tierra, así como las mujeres esconden sus joyas en tiempos de guerra y disturbios.

Mientras la muchacha permanecía contemplando las flores y los árboles, compartiendo el dolor de las plantas en el otoño, oyó el sonido de cascos de caballos en las rotas piedras del valle. Volvió la cabeza, y vio que un jinete avan­zaba lentamente hacia ella; sus arneses y su. ropa hablaban dé riqueza y bienestar. Aquel jinete desmontó y la saludó ama­blemente, con modales delicados que ningún hombre había tenido con ella.

-He perdido el camino que conduce a la costa. ¿Podrías indicármelo? -le preguntó.

La muchacha se puso en pie al borde del arroyo, erecta como una rama joven, y contestó:

-No lo sé, señor, pero iré a preguntarle -a mi tutor, porque él sabe.

,Al pronunciar estas palabras, la muchacha sintió un poco de temor, y la timidez y modestia de su acento realzaron su juventud y su belleza. Ya se marchaba, cuando aquel hombre la detuvo con un ademán. El. rojo vino de la juventud circula­ba vigorosamente por sus venas, y su mirada cambió al decir: -No; no te vayas.

La joven permaneció en pie, con expresión de sorpresa, pues había sentido en aquella voz una fuerza que le impedía moverse. Miró furtivamente al caballero, que a su vez la mira­ba con atención; con una mirada que ella no podía entender. Luego, le dedicó una sonrisa-tan encantadora, tan tierna, que la muchacha sintió ganas de llorar. Aquel hombre posó una mirada afectuosa en los pies descalzos, en las delicadas muñe­cas, en el terso cuello, en el suave y espeso cabello. Notó, con creciente pasión, la bronceada piel soleada, y aquellos brazos, que la naturaleza habia hecho fuertes. Pero la mucha­cha permaneció silenciosa y avergonzada. No quería irse, y, por razones que no lograba explicarse, tampoco podía hablar.

La vaca lechera volvió aquella tarde al establo sin su ama, pues Marta no regresó. Al volver su tutor de los campos, la buscó por todas partes, y no la encontró. La llamó por su nombre, pero no obtuvo más respuesta que los .ecos de, las cuevas y el ulular del viento en las copas de los árboles. Vol­vió entristecido a su cabaña, y le dijo a su mujer lo que había pasado. La campesina lloró calladamente toda la noche, y de­cía, en medio de sus sollozos:

-La he, visto en sueños, en las garras de una bestia salvaje, que rasgaba su cuerpo en pedazos, mientras ella son­reía y lloraba.

Tal es la historia sobre Marta cuando vivía en aquella hermosa aldea. Me la contó un viejo aldeano que la había co­nocido desde que- era una niñita. La muchacha había desapa­recido de,aquella comarca, sin dejar tras de sí, más que unas cuantas lágrimas en los ojos de una campesina, y un patético recuerdo que vagaba con la brisa de la mañana sobre el valle, y que luego, como el aliento de un niño en el cristal de una ventana, se desvaneció para siempre.

Volví a Beirut en el otoñó del año 1900, después de pasar mis vacaciones de estudiante en el norte del Líbano. Y antes de volver a mis estudios pasé una semana vagando alrededor de la ciudad en compañía de algunos camaradas, saboreando las delicias de la libertad, de la que los jóvenes están ham­brientos, y que se les niega en sus casas y en las cuatro pare­des de las aulas. En esa edad, y en tiempo de vacaciones, el joven es como un ave, que al encontrar abierta su jaula, vuela llena de júbilo, con el corazón lleno de trinos y de la alegría de la escapatoria.

La juventud es un bello sueño, pero su dulzura se ve es­clavizada por el hastío de los libros, y su despertar es do­loroso.

Acaso llegue un día en que los hombrs sabios puedan unir los sueños de la juventud y el deleite del aprendizaje, como la confidencia une a los corazones en conflicto. Acaso llegue un día en que el maestro del hombre sea la naturaleza, la. humanidad, su libro, y la vida, su escuela. ¿Llegará ese día? No lo sabemos, pero sentimos la urgencia que nos impulsa hacia arriba, hacia el progreso espiritual, y ese progreso es comprensión de la belleza que existe en todo lo creado, me­diante la bondad que existe en nosotros y la expansión de la felicidad mediante nuestro amor por esa belleza.

Aquella tarde, estaba yo sentado en el porche de mi casa, observando los movimientos de la gente 'y escuchando los pre­gones de los vendedores ambulantes, cada cual alabando la excelencia de sus mercancías y alimentos, cuando un mucha­chito se me acercó. Tendría unos cinco años de- edad, vestía harapos, y en el hombro llevaba una bandeja llena de ramitos de flores. Con voz temblorosa y débil, como si fuera parte de su herencia de largos, sufrimientos, me pidió que le comprara unas flores.

Observé aquella carita pálida, donde brillaban unos ojos negros, oscurecidos con las sombras de la enfermedad y la pobreza; su boca era como una cicatriz abierta en un pecho herido; sus delgados brazos desnudos y su cuerpecito maci­lento se doblaban por el peso de la bandeja de ores, como un rosal marchito entre frescas plantas verdes. Vi todo esto de una sola mirada, y sonreí sintiendo lástima, con una son­risa en la que había la amargura de las lágrimas. Una de esas sonrisas que nacen en la profundidad del corazón y afloran a los labios: si reprimimos estas sonrisas, se reflejan en nues­tros ojos.

Le compré algunas flores, pero era su charla lo que que­ría yo comprar, pues sentí que en sus tristes miradas y en su lastimoso aspecto se escondía una tragedia: la tragedia de los pobres, que perpetuamente se representa en el escenario de los días. Al hablarle con palabras amables, se mostró amis­toso; como si hubiera encontrado a alguien que le pudiera ofrecer un poco de protección y seguridad. Me miró asom­brado, porque los de su clase sólo están acostumbrados a recibir malos tratos de los otros niños, que consideran a los muchachos de la calle como cosas despreciables, y no como a pequeñas almas heridas por las flechas de la desventura. Luego le pregunté su nombre.

-Fuad -contestó, con los ojos fijos en el suelo.

Proseguí:

-¿De quién eres hijo, y dónde está tu familia?

-Soy el hijo de Marta, mujer del pueblo de Ban.

-¿Y quién es tu padre? -le pregunté.

Movió la cabecita, como aquel que ignora quién es su padre.

-Entonces, ¿en dónde está tu madre, Fuad?

-En casa, enferma.

Estas escasas palabras salidas de los labios de aquel niño resonaron en mis oídos con acentos, familiares, y en mi más profundo sentimiento se formaron extrañas imágenes de me­lancolía, pues supe, en el acto, que la desventurada Marta cuya historia había yo oído de los aldeanos, vivía, enferma, en Beirut. Aquella muchacha que sólo ayer moraba entre los árboles y los valles, lejos del sufrimiento, estaba padeciendo las penalidades del hambre y del dolor en la gran ciudad. La muchacha huérfana que había pasado su niñez en diálogo con la naturaleza, cuidando de las vacas en los hermosos prados, había sido arrastrada por la marea de la corrupta civilización, para convertirse en presa de la miseria y el in­fortunio.

Al pasar estas ideas por nú mente, el niño seguía mirán­dome, como si viera con los ojos de su inocente espíritu el sufrimiento de mi corazón.

El muchachito hizo ademán de retirarse, pero yo le tomé la mano y le dije:

-Llévame donde está tu madre; quiero verla.

Me condujo por las calles, caminaba delante de mí silen­cioso y asombrado. De vez en cuando miraba hacia atrás, para comprobar si verdaderamente yo lo iba siguiendo. Sen­tía temor y pena. Caminé por sucias callejuelas donde el aire estaba turbio con el aliento de la muerte, y pasamos por casu­chas donde los hombres viciados se entregaban a malas accio­nes tras las cortinas de la noche. Pasamos por callejones donde el viento silbaba como una serpiente, y yo caminaba detrás de aquel muchachito de tiernos años, de inocente corazón y mudo valor. Tenía el valor de los que están familia­rizados con la maldad de una ciudad que en el Medio Oriente se conoce como "la novia de Siria", y "la perla de la corona de reyes". Por fin, llegamos a un suburbio miserable, y el muchachito entró en una morada humildísima, a la que el paso de los años había convertido en lastimosas ruinas.

Entré, detras de él, sintiendo que mi corazón latía apre­suradamente. Me vi en medio de un cuartucho en donde el aire era húmedo. Por todo mueble había una lámpara cuya débil, luz cortaba la oscuridad con amarillentos rayos, y un camstro cuya apariencia hablaba de la más extremada po­breza, de abandono y necesidad. En aquel camastro dormía una, mujer con el rostro vuelto hacia la pared, como si en ella quisiera refugiarse de las crueldades del mundo; o acaso viera en las carcomidas piedras un corazón más tierno y compasivo que el de los hombres. El niño se acercó a la mujer, gritando:

- ¡Madre! ¡Madre!

La mujer se volvió hacia nosotros y vio al niño, que me señalaba. Hizo un movimiento defensivo bajo los harapos que la cúbrían, y con voz amarga por los sufrimientos de un espí­ritu en agonía, exclamó:

¿Qué quieres de mí, hombre? ¿Vienes a comprar los últimos restos de mi vida, para saciar tu sed de placer? Apár­tate de mí, pue las calles están llenas de mujeres dispuestas a vender sus cuerpos y sus almas a bajo precio. Yo no tengo que vender sino unos cuantos suspiros, que pronto comprará la muerte con la paz de la tumba.

Me acerqué a su lecho. Las palabras de aquella mujer lle­garon a lo más profundo de mi corazón, porque eran el final de un relato triste. Le hablé, deseando que mis sentimientos fluyeran junto con mis palabras:

-No tengas temor-de mí, Marta. No he venido a verte como una bestia de rapiña, sino como un hombre triste. Soy del Líbano y he vivido mucho tiempo entre esos valles y aldeas, cerca de los bosques de cedros. No temas nada, Marta. La mujer escuchó mis palabras y supo que surgían de la profundidad de un espíritu que lloraba junto con ella, pues tembló en su lecho como una rama desnuda ante el viento in­vernal. Se llevó las manos a la cara, como si quisiera ocultarse de aquel triste recuerdo, aterrador en su dulzura y amargo en su belleza. Tras un silencio y un suspiro, volvió a aparecer su rostro entre los hombros temblorosos. Vi sus ojos hundidos que parecían mirar algo invisible allí, en el vacío de aquella habitación, y vi que sus labios temblaban con desesperación. En su garganta roncaba ya la muerte, con un profundo y las­timoso lamento. Luego, habló con acento de súplica, debili­tado por el dolor:

-Has venido aquí movido- por la bondad y la compasión, y si es verdad la compasión por los pecadores es un acto pia­doso, y si la compasión por los que se han extraviado es meri­toria, el Cielo te recompensará. Pero te ruego te alejes de aquí y vuelvas al lugar de donde vienes, pues tu presencia en este sitio arrojará, vergüenza sobre ti, y tu compasión por mí, te valdrá insultos y desprecio. Vete, antes de que alguien te vea en este cuarto manchado por los cerdos. Camina con premura y tápate el rostro con tu capa, para que ningún transeúnte pueda reconocerte. La compasión que sientes no me devol­verá mi pureza, ni borrará mi pecado, ni apartará la poderosa mano de la muerte, que ya pesa sobre mí. Mi maldad y mis culpas me han. arrojado a estas negras profundidades. Que tu compasión no te 'acarree escarnio. Soy una leprosa que vive entre las tumbas. No te acerques a mí para que la gente no te considere sucio y se aparte de ti. Vuelve ahora a aquellos sagrados valles; más no menciones mi nombre, pues el pastor rechazará a la oveja enferma, para que no se contaeie su re­baño. Y si algún día debes mencionarme, di que Marta, mujer del pueblo de Ban, ha muerto; no digas nada más.

Luego, tomó las manecitas de su .hijo, Y las besó triste­mente. Suspiró, y volvió a hablar:

-La gente mirará a mi hijo con desprecio y burla, di­ciendo que es un retoño del pecado; dirán que es el hijo de Marta, la ramera; el hijo de la vergüenza y del azar. Dirán de el cosas peores, pues la gente es ciega, y no verá que su madre ha purificado su niñez con dolor y con lágrimas, y que le ha. dado la vida con su tristeza y su infortunio. Moriré, dejándolo huérfano entre los hijos de la calle, solo en su exis­tencia, sin piedad, con un terrible recuerdo como única he­rencia. Si es cobarde y débil, se avergonzará de este recuerdo; pero si es valeroso y justo, su sangre circulará con orgullo. Si el Cielo lo preserva y le da fuerzas para llegar a ser un hombre, el Cielo lo ayudará para luchar contra quienes le han hecho daño a él, y a su madre. Pero si muere y lo liberan del peso de los años, me encontrará en el, más allá, donde todo es luz y reposo, esperando su llegada.

Mi corazón me inspiró estas palabras;

-No eres leprosa, Marta, aunque hayas morado entre las tumbas. No eres impura, aunque la vida te haya colocado en las manos de los impuros. La impureza de la carne no puede llegar al espíritu puro, y los copos de nieve no pueden matar a las vivinetes semillas. ¿Qué es la vida, sino una era de tris­tezas donde las espigas de las almas se esparcen antes de dar fruto? Tengamos piedad del trigo que no cae en la era, pues la:s hormigas de la tierra se lo llevarán, y las aves del Cielo se lo llevarán, y ese trigo no entrará en los graneros del dueño del campo.

"Eres víctima de la opresión, Marta, y quien te ha opri­mido nació en un palacio, y es grande por su riqueza, pero de alma pequeña. Eres perseguida y despreciada, pero más vale que una persona sea la oprimida, y no la opresora; y es mejor ser víctima de los instintos humanos, que ser poderoso para aplastar las flores de la vida y desfigurar las bellezas del senti­miento con los malos deseos. El alma es un eslabón en la ca­dena divina. El calor de la vida puede torcer este eslabón y destruir la belleza de -su redondez, pero no puede transfor­mar su oro en otro metal; antes bien, el calor puede hacer que el preciosos metal brille más. Pero ay de. aquel que sea débil, y que permita que el fuego lo consuma y lo convierta en ceni­zas para que los vientos las esparzan sobre la faz del desierto. Sí, Marta, eres una flor aplastada por la plata del animal que se oculta en el ser humano. Pesados pies han pasado sobre ti y te han abatido, pero no han aniquilado esa fragancia que sube con el lamento de las viudas y el lloro de los huérfanos, y el suspiro de los pobres hacia el Cielo, fuente de la justicia y de la misericordia. Que te sirva de consuelo, Marta, saber que eres la flor aplastada, y no el pie que la ha aplastado.

Marta me había escuchado atentamente, y en su rostro brillaba un poco de consuelo, como las nubes cuando las iluminan los suaves rayos del sol poniente. Me invitó a sen­tarme al lado de ella. Así lo hice, tratando de leer en sus elo­cuentes facciones las ocultas sombras de su triste espíritu. Tenía la mirada de los que saben que están a punto de morir. Era la mirada de una muchacha aún en la primavera de la vida, que siente los pasos de la muerte aproximándose a su lecho. La mirada de una mujer olvidada, que hacía poco ca­niinaba`por los hermosos valles del Líbano, llena de vida y energía, y que en aquel momento, exhausta, sólo esperaba la liberación de los lazos de la existencia.

Tras un silencio conmovido, aquella mujer reunió sus últimas fuerzs y empezó a hablar; y sus lágrimas dieron un significado más profundo a sus palabras, pues parecía poner el alma en cada débil sollozo, y me dijo:

-Sí, soy una mujer oprimida; soy la presa del animal que vive en el hombre; la flor pisoteada... Yo estaba sentada al borde del arroyo, cuando él pasó, a caballo. Me habló ama­blemente y dijo que era yo hermosa, que me amaba y que nunca me olvidaría. También dijo que los grandes espacios eran sitios desolados, y que los valles eran la morada de las aves y de los chacales... Me tomó en sus brazos, me atrajo hacia su pecho, y me besó. Hasta entonces no conocía yo el sabor de los besos, pues era yo una huérfana desamparada. Me subió a la grupa de su caballo y me llevó a una hermosa casa solitaria. Allí me dio vestidos de seda, y perfume, y ricos manjares... Todo esto lo hizo sonriendo, -pero detrás de sus palabras dulces y de sus ademanes amorosos ocultaba su ujuria y sus deseos animales. Y cuando estuvo satisfecho con mi cuerpo y con la humillación de mi espíritu, se fue, dejándome una viva llama que fue creciendo suavemente. Luego, caí en esta oscuridad, fuente de dolor y amargas lágrimas... Así la vida se dividió para mí en dos partes: una débil y desamparada, y la otra más pequeña, que lloraba en los silencios de la noche, buscando volver al gran vacío. En aquella casa solitaria mi opresor nos dejó a mí y a mi niño de brazos, entregados a las crueldades del hambre, del frío y de la soledad. No teníamos más compañero que el, miedo, ni más consuelo que el llanto. Los amigos de aquel hombre acudieron a verme, y se dieron cuenta de mis necesi­dades y de mi debilidad. Acudieron uno tras otro, con la intención . de comprarme con riquezas y de darme pan a cambio de mi honor... ¡Ah!, muchas veces estuve a punto de­liberar a mi espíritu con mi propia mano, per¿ no lo hice, porque mi vida ya no me pertenecía a mí sola; era también de mi hijo, que el cielo había apartado de su reino, así como la vida me había apartado y hundido en las profundidades del abismo.:: Y ahora, está cercano él momento en que mi novio, el espíritu de la muerte, vendrá por mí tras larga ausencia, para llevarme a su blando lecho.

Después de un profundo silencio que fue como la presen­cia de invisibles espíritus, alzó la mirada hacia mí, una mirada en la: que ya se observaban las sombras de la muerte, y con dulce voz continuó:

- ¡Oh, justicia, que estás oculta, tras estas imágenes ate­rradoras! Tú, y sólo tú puedes oír el lamento de mi espíritu que se va, y el clamor de mi corazón abandonado. A ti solo te pido que tengas piedad de mí, para que con tu mano derecha protejas a mi hijo, y con la izquierda recibas mi espíritu.

Sus fuerzas menguaron y su respiración se hizo más débil. Miró a su hijo con dolorosa y tierna mirada, y luego bajó los ojos lentamente, y con voz que casi era un silencio, empezó a recitar:

-Padre nuestro, que estás en los cielos...

Dejó de oírse su voz, pero sus labios siguieron moviéndose un rato. Luego, todo movimiento abandonó a su cuerpo. Recorrió un estremecimiento a aquella mujer, suspiró por última vez, y su rostro se volvió intensamente pálido. El espíritu abandonó el cuerpo, y los ojos siguieron mirando lo invisible.

Al llegar el alba, el cuerpo de Marta fue puesto en un ataúd de madera, y llevado en hombros por dos personas de condición humilde. La enterramos en un campo desierto,

muy lejos de la ciudad, pues los sacerdotes no quisieron orar sobre -aquellos restos, ni permitieron que los huesos -de Marta reposaran en el cementerio, donde las cruces son centinelas de las tumbas. No hubo más dolientes que acompañaran el cadáver hasta aquella alejada fosa que el hijo de Marta, y otro muchacho, al que las adversidades de la existencia le habían enseñado á ser compasivo.

EL POLVO DE LAS EDADES

Y EL FUEGO ETERNO

Era una noche silenciosa y todo ser viviente dormía en la Ciudad del Sol. Las lámparas de las casas esparcidas alrededor de los grandes templos, entre olivos y laureles, se habían apa­gado hacía mucho. La luna se alzaba en el horizonte, ba­ñando con sus rayos la blancura de las altas columnas de már­mol que se erguían como gigantescos centinelas en la noche tranquila, custodiando los santuarios de los dioses. Estos cen­tinelas parecían mirar asombrados y temerosos hacia los picos del Líbano, que más allá se alzan majestuosos en las distantes alturas.

En aquella hora mágica que transcurría entre los espíritus de quienes dormían y los sueños del infinito, Natán, hijo del gran sacerdote, entró en el templo de Astarté. Llevaba en la mano temblorosa una antorcha, con la que encendió las lám­páras y los incensarios. Se- alzó sexi el aire el dulce olor del incienso y de la mirra, y la imagen de la diosa estaba ador­nada con un delicado velo, como el velo del deseo y la ansie­dad que envuelve el corazón humano. Nátán se postró ante el altar recubierto de marfil y oro, alzó las manos en ademán de súplica., y dirigió los ojos llenos de lágrimas hacia el cielo. Con voz ahogada por el dolor y rota por lastimeros sollozos exclamó:

- ¡Piedad, oh gran Astarté! ¡Piedad, oh diosa del amor y de la belleza! Ten piedad de mí y aparta la mano de la muerte de, mi amada, a la que mi alma ha escogido para cumplir tu voluntad. Las, pociones y los polvos de los médicos no han surtido efecto, y los conjuros de los sacerdotes y de los sabios han sido en vano. Sólo me queda recurrir a tu sagrado nom­bre, para que me ayudes y me socorras. Escucha mi plegaria; mira mi contrito corazón y la agonía de mi espíritu, y per­mite que la que es parte de mi alma, viva para que podamos regocijarnos en los secretos de tu amor, y exultar en la be­lleza de la juventud, que proclama tu gloria... Desde las profundidades de mi ser clamo a ti, sagrada Astarté. De la oscuridad de esta noche busco la protección de tu miseri­cordia... ¡Escucha mi súplica! Soy tu siervo Natán, hijo de Hiram el sacerdote, que ha dedicado su vida al servicio de tu altar. Amo a una doncella a la que he escogido entre todas, pero los espíritus malignos han soplado en ella, en su her­moso cuerpo, el aliento de una extraña enfermedad. Han enviado al mensajero de la muerte para que la conduzca a sus encantadas cuevas. Este mensajero está ahora rugiendo como una bestia hambrienta cerca de su lecho. extendiendo sus negras alas sobre ella, y extendiendo sus garras para arran­carla de mi lado. Por eso he venido a suplicarte. Ten piedad de mí y déjala vivir. Es una flor que aún no ha vivido el ve­rano de su existencia; un pajarillo cuyos trinos gozosos que saludan a la aurora se han interrumpido. Sálvala de las garras de la muerte, y te cantaremos alabanzas y quemaremos ofren­das para gloria de tu nombre. Traeremos víctimas a tu altar, y llenaremos tus vasos con vino y dulce aceite aromático, y esparciremos en tu tabernáculo rosas y jazmines. Ante tu imagen, quemaremos incienso y agradable áloe... ¡Sálvala, oh diosa de los milagros, y permite que el amor conquiste a la muerte, pues tú eres la reina del amor y de la muerte.

Natán dejó de hablar un momento, llorando y suspirando en su profundo .dolor. Luego continuó:

- ¡Ay de mí, sagrada Astarté! Mis sueños son pesadillas, y el último aliento de mi vida se está aproximando; mi cora­zón está muriendo dentro de mí, y mis ojos se llenan de ardientes lágrimas. Sosténme con tu compasión y deja que mi amada péermanezca conmigo.

En aquel -momento, uno de los esclavos de Natán entró en el templo, se acercó lentamente a él, y le susurró al oído: -Señor, ella ha abierto los ojos, y te busca, pero no te ve. He venido por ti, pues te llama constantemente.

Natán se levantó y salió del templo con paso apresurado, seguido de cerca por su esclavo. Al llegar a su palacio, entró en la habitación donde yacía la joven enferma, y se detuvo á su cabecera. Le tomó la delgada mano y se la besó muchas veces, como si quisiera infundir nuevo aliento en aquel cuerpo enflaquecido. Volvió ella el rostro, que había estado oculto entre cojines de seda, lo miró, y en los labios de la enferma apareció la sombra de una sonrisa, lo único vivo que había quedado de aquel hermoso cuerpo; era como el último rayo de luz de un espíritu que ya se desprendía; como el. eco de un lamento en un corazón que sentía próximo el fin. Habló, y su aliento era como el tenue sollozo de un niño hambriento.

-Los dioses me llaman, esposo de mi alma, y la muerte ha llegado para separarme... No sientas pesar, pues la vo­luntad de los dioses es sagrada, y las demandas de la muerte son justas... Me voy ahora, pero las copas gemelas del amor y de la juventud aún están llenas en nuestras manos, y las sen­das de la vida gozosa se extienden ante nosotros... Me voy, amado mío, a la región de los espíritus, pero volveré a este mundo. Astarté devuelve a esta vida las almas de los amantes que se van a lo infinito antes de probar las delicias del amor y las alegrías de la juventud... Volveremos a encontrarnos, Natán, y juntos beberemos el rocío de la mañana en las copas de los narcisos, y nos regocijaremos al sol con los pájaros de los campos... ¡Hasta pronto, amado mío!

La voz de la muchacha se convirtió en un susurro, y sus labios empezaron a temblar como los pétalos de una flor con la brisa de la aurora. Natán la abrazó, mojando su cuello con amargas lágrimas. Al tocar los labios de Natán la boca de la muchacha, la sintió fría como el hielo. Lanzó el joven un te­rrible grito, rasgó sus vestiduras, y se arrojó sobre aquel cuerpo muerto, mientras el espíritu de Natan, en su agonía, estaba suspendido entre el profundo mar de la vida y el abismo de la muerte.

En la calma de aquella noche temblaron los párpados de los que antes dormían, y las mujeres del barrio sollozaron, y las almas de los niños sintieron miedo, pues la oscuridad y el silencio se llenaron de agudos lamentos, que se alzaron del palacio del sacerdote de Astarté. Al llegar la mañana, la gente buscó a Natán para consolarlo en su aflicción, pero no lo encontró.

Muchos días después, al llegar la caravana de Oriente, el guía relató que había visto a Natán allá lejos, en el desierto, vagando como un alma en pena, entre las gacelas.

Pasaron los siglos, y los pies del tiempo derrumbaron las obras de las edades. Los antiguos dioses se ausentaron de la tierra, y otros dioses los sustituyeron; eran dioses de furia, ávidos de ruinas y destrucción. Arrasaron el hermoso templo de la Ciudad del Sol, y destruyeron sus hermosos palacios. Sus otrora verdes jardines se secaron, y los fértiles campos se convirtieron en tierras desoladas. En aquel valle sólo que­daron ruinas, espectros del ayer que recordaban el débil eco de salmos cantados a las pasadas. glorias. Pero las edades, al pasar y barrer las obras del hombre, no pueden destruir sus sueños, ni debilitar sus más hondos sentimientos y emo­ciones; los sentimientos y las emociones son perdurables, como el espíritu inmortal. Acaso se escondan a veces; pero sólo se ocultan temporalmente, como el sol en el ocaso, o como la luna, cuando se acerca la mañana.

El día estaba muriendo, la luz se desvanecía mientras el sol recogía sus ropajes de las llanuras de Baalbek. Alí Al­Husaini conducía su rebaño hacia las ruinas del templo, y se detuvo para sentarse en las caídas columnas. Parecían las costillas de un soldado que se hubieran dejado allí hacía mucho tiempo, rotas en la batalla y desnudadas por los ele­mentos. Las ovejas se reunían en torno de él, paciendo, y sintiéndose protegidas por las melodías de su flauta.

Llegó la medianoche, y los cielos arrojaron las semillas del mañana en sus oscuras profundidades. Los párpados de Alí se. sintieron cansados de los espectros de la vigilia. Su mente estuvo fatigada de las procesiones de seres imagina­rios, marchando en el silencio profundo, entre aquellos muros en ruinas. Apoyó su cabeza en el brazo al sentir que el sueño se deslizaba por todo su cuerpo y suavemente cubría su insomnio con los pliegues de su velo, como una niebla ligera cuando toca la superficie de un calmado lago.

Olvidó así su ser terrestre-, y vio su ser espiritual; su ser oculto se llenó de ensueños que trascienden las leyes y las enseñanzas de los hombres. Apareció ante sus ojos una extraña visión, y se le revelaron las cosas ocultas. Su espíritu se desprendió de la procesión del tiempo que se apresura hacia la nada. Se erguió solitario ante las cerradas filas de pensamientos y encontradas emociones. Supo, o intuyó, por primera vez, las causas del hambre espiritual qúe ator­mentaba a su juventud. Era un hambre en la que se conju­gaban todas las amarguras y todas las dulzuras de la exis­tencia. Era una sed que hacía surgir en un solo grito la ansiedad y la serenidad de la plenitud. Era un anhelo que aun toda la gloria de este mundo no puede opacar, y el curso de la vida no lo puede ocultar.

Por primera vez en su existencia, Alí Al-Husaini sintió una extraña sensación ante las ruinas de aquel templo. Fue una sensación sin forma, el recuerdo de incienso saliendo de los incensarios. Un sentimiento obsesivo que tocaba las fibras de su espíritu como los dedos del músico, las cuerdas de su laúd. Y surgía aquella sensación del ámbito de la nada; o acaso de sí mismo... Fue creciendo la sensación hasta que abrazó todo su ser espiritual. Sintió su alma invadida por un éxtasis -parecido a la muerte, en su oscuridad y en su dul­zura, con un'dolor grato en su amargura, acariciador en su dureza. Era algo que surgía de los vastos espacios de un minuto de duermevela. Un minuto que dio nacimiento a las formas de todas las edades, así como todas las naciones nacen de una semilla.

Alí miró el templo en ruinas, y su fatiga dio lugar a un despertar del espíritu. Percibió claramente, en su forma ori­ginal, las ruinas del altar, y los lugares de las columnas caídas, y las bases de los muros derribados. Sus ojos se deslumbraron, y su corazón latió con fuerza; como si un ciego recobrara la vista, de pronto, y empezó a ver, y reflexionó. Y de aquel caos de pensamientos confusos, mezclado con la reflexión nacieron los fantasmas del recuerdo, y lo recordó todo. Re­cordó aquellos pilares cuando se erguían majestuosos y or­gullosos; recordó las lámparas de plata y los incensarios rodeando la imagen de una diosa reverenciada. Recordó a los venerables sacerdotes llevando sus ofrendas ante el altar re­cubierto de marfil y oro. Recordó a las doncellas cantando alabanzas a la diosa del amor y de la belleza. Recordó todo aquello con certera claridad. Sintió que las figuras de las cosas dormidas cobraban vida, en los silencios de su pro­fundo ser. Pero el recuerdo sólo le trajo formas confusas, y el'recuerdo sólo nos trae los ecos de las voces que una vez oímos. Era más que un recuerdo; ¿cuál era el lazo de unión que juntaba esos recuerdos de una vida pasada, de un joven criado entre las tiendas, que había vivido la prima­vera de su existencia cuidando de su rebaño en los valles salvajes?

Alí se levantó y caminó entre las ruinas y las piedras rotas. Aquellos distantes recuerdos alzaron el velo del olvido en los ojos de, su mente, como cuando una mujer aparta una telaraña de su espejo. Así, pensando en estas cosas, llegó al centro mismo del templo, como si una atracción mágica hubiera guiado sus pasos. Y de pronto, vio ante él una esta­tua rota, que yacía en el suelo. Involuntariamente, se pos­tró ante aquella imagen. Los sentimientos religiosos fluían en el interior de él, como la sangre de una herida abierta; sus latidos eran como las olas del mar, al levantarse y caer. Lanzó un suspiro, sintiéndose humilde y reverente, y lloró Alí, pues sintió una desoladora pena, una soledad inmensa, y una distancia aniquiladora, que separaban a -su espíritu de aquel espíritu de belleza que estaba a su lado antes de vivir su vida actual. Sintió su esencia misma, como parte de una llama que Dios había separado de su ser antes del principio de los tiempos. Sintió el aleteo leve del alma en sus huesos presa de la fiebre,, y en las silentes células de su cerebro sintió que un potente y sublime amor se apoderaba de su alma y de su corazón. Un amor que revelaba al espí­ritu las cosas ocultas del espíritu, y que separaba con su poder a la mente de las regiones de las medidas y de la pesantez. Un amor que oímos hablar cuando las lenguas de la vida están silentes; que contemplamos como un pilar erguido, como una columna de fuego, cuando la oscuridad oculta a todo ser y a toda cosa. Este amor y este ser infinito habían descendido al espíritu de Alí, y habían despertado en él sentimientos amargos y dulces a la vez, así como el sol da a las flores hermosura, pero también espinas.

¿Qué es este amor? ¿De dónde viene? ¿Qué pide a un joven que reposa junto a su rebaño entre los templos en rui­nas? ¿Qué es ese vino que fluye por las venas de aquel a quien dejaron indiferente las hermosas doncellas?

¿Qué significaba ese amor y de donde provenía? ¿Qué quería Alí, que sólo se ocupaba de sus ovejas y de tocar la flauta, apartado de los hombres? ¿Acaso era algo sembrado en su corazón por las bellezas terrestres, sin que sus sentidos se hubieran dado cuenta? ¿O acaso era una brillante luz cu­bierta por el velo de la niebla, y que empezaba a iluminar el vacío de su alma? ¿O acaso era un sueño que habla llegado en la quietud de la noche para burlarse de él, o bien una verdad que había existido y existirá desde el principio hasta el fin de los tiempos?

Alí cerró los ojos llenos de lágrimas y extendió las manos como un mendigo en busca de piedad. Sintió que su espíritu temblaba, de ese temblor salieron sollozos que al mismo tiempo eran quejas y fuego de ansiedad. Con voz casi inaudi­ble como un tenue suspiro, Alí preguntó:

-¿Quién eres tú, que estás tan cerca de mi corazón sin que te puedan ver mis ojos, separándome de mí mismo, y uniendo mi presente a las distantes y olvidadas edades? ¿Eres unaninfa, un espíritu que llega desde el mundo de los inmor­tales para hablarme de la vanidad de la vida y de la fragilidad de la carne? ¿Acaso eres el espíritu de la reina de los genios que ha salido del seno de la tierra para esclavizar mis sentidos y convertirme en la risa de los jóvenes de mi tribu? ¿Quién eres tú, y que es esta tentación, que avanza sin obstáculos' y destruye, apoderándose de mi corazón? ¿Qué sentimientos son éstos que me llenan de fuego y de luz? ¿Quién soy yo, y quién es este nuevo ser al que llamo "yo", pero que es extran­jero para mi mismo? ¿Acaso la fuente de la vida que absorbo con las partículas del aire y yo mismo nos hemos convertido en un ángel que ve y oye todas las cosas secretas? ¿Acaso estoy ebrio con el aliento del Demonio, y estoy ciego a las. cosas reales? ,

Alí permaneció callado largo rato; su emoción cobró fuerza y su espíritu pareció crecer. Luego, .volvió a hablar, y dijo:

- ¡Oh tú, que te revelas al espíritu y te acercas a él, oculto en la noche y distante, oh hermoso espíritu que vagas en- los espacios de mis sueños, has despertado en mí senti­mientos que dormían como semillas de flores ocultas bajo la nieve, y que has pasado como una brisa, vehículo del aliento de los campos. Has tocado mis sentidos hasta hacerlos entre= mecerse como las hojas de un árbol. Deja que te vea, si acaso tienes cuerpo y sustancias. Ordena al sueño que cierre mis arpados, para que pueda verte en mi sueño, si estás libre de las ataduras de la tierra. Déjáme tocarte; deja que oiga tu voz. Aparta el velo que cubre todo mi ser y destruye la tela que oculta lo que hay en mí de divino. Dame alas, para que pueda­volar en pos de ti hasta las regiones en que se reúnen los es­píritus si eres un habitante de esas regiones. Toca con tu magia mis párpados, y te seguiré hasta los secretos lugares donde moran los buenos genios, si eres una de las ninfas. Co­loca tu mano invisible en mi corazón, y llévame, si tienes el poder de hacer que te sigan tus elegidos.

Así susurró Alí en los oídos de la. oscuridad las palabras que surgían del eco de una melodía en las profundidades de su corazón. Entre su visión y lo que le rodeaba flotaban los fantasmas de la noche, como incienso que saliera de sus ar­dientes lágrimas. Y en las paredes del templo aparecieron mágicas pintuaras coloreadas con los tonos del arco iris.

Así transcurrió una hora. Sintió regocijo en medio de sus lágrimas y se alegró en medio de su pena; escuchó los latidos de su corazón y miró más allá de todas las cosas sensibles, como si las formas de esta vida se fueran borrando, y en,su lugar apareciera un maravilloso sueño lleno de belleza y de imponentes imágenes. Como un profeta que mira los astros de los cielos buscando inspiración divina, Alí esperó los próximos minutos. Su respiración anhelante se convirtió en un calmado aliento y su espíritu pareció salir de él y vagar en torno de él, y luego retornar, como si estuviera buscando entre aquellas ruinas el espíritu de un ser querido.

Despuntó la aurora y el silencio tembló al paso de la brisa. Los vastos espacios sonrieron como aquel que duerme y ve en sueños la imagen del ser amado. Surgieron pajarillos de las grietas de las ruinosas paredes y avanzaron entre los pilares, cantando, y llamándose, y saludando la llegada del día. Alí se puso en pie y se llevó la mano a la frente con fiebre; luego, miró en torno de él como quién no sabe en dónde está. Luego, como Adán al abrir los ojos con el aliento de Dios, miró ante él, maravillado. Se acercó a sus ovejas y las llamó; éstas se levantaron, se sacudieron y trotaron calmadamente detrás de él hacia los verdes pastizales.

Alí caminó al frente de su rebaño, con los grandes ojos fijos en la serena atmósfera. Sus sentidos interiores huyeron de la realidad, para revelarle los secretos y las cosas ocultas de la existencia; para, hacerle ver lo que había sucedido en las edades pasadas y lo que todavía tenía que ocurrir, y la visión fue como un relámpago que le hizo olvidarse de todo y volver a su angustia y a su vago anhelo. Y encontró entre él mismo y el espíritu de su espíritu un velo como una pan­talla entré el ojo y la luz. Suspiró, y pareció surgir una llama de su ardiente corazón.

Llegó al arroyo cuyos murmullos proclamaban los se­cretos de los campos, y se sentó en su orilla, debajo de un sauce cuyas ramas se sumergían en el agua, como si quisie ran succionar la dulzura del líquido elemento. Las ovejas pacían cerca de él, y el rocío de la mañana resplandecía en la blancura de los vellocinos.

Al cabo de un minuto, Alí volvió a sentir que se acele­raban los latidos de su corazón y volvió a sentir también la inquietud de su espíritu. Como aquél que despierta a los rayos del sol, volvió la mirada en torno de él y vio que una muchacha que llevaba un cántaro en el hombro surgía de entre los árboles. Lentamente, la joven caminaba hacia el arroyo; sus pies descalzos estaban húmedos de rocío, y cuando se aproximó al borde del arroyo miró hacia la ribera opuesta, y su mirada se encontró con la de Alí. La joven lanzó un grito, dejó caer el cántaro al suelo y retrocedió unos pasos. Era la actitud de quien vuelve a encontrar a al­guien que se había extraviado.

Pasó un minuto, cuyos segundos fueron como lámparas que alumbraban el camino entre ambos corazones, se creó del silencio una extraña melodía que envolvió a ambos jóvenes en el eco de vagos recuerdos, y que los llevó a otro sitio, rodeados de sombras y de figuras, muy lejos de aquel arroyo y de aquellos. árboles. Se miraron uno al otro con implorantes miradas, y cada uno encontró favor en los ojos del otro, y escuchó los suspiros del otro con los oídos del amor.

Se comunicaron en todas las lenguas del espíritu, y cuando la plena comprensión y el pleno coríocimiento es­tuvo en sus dos almas gemelas, Alí cruzó el arroyo, como guiado por un invisible poder. Se acercó a la muchacha, la abrazó, y le besó los labios, el cuello y los párpados. La joven permaneció inmóvil en brazos de Alí, como si la dulzura de aquel abrazo le hubiera robado la voluntad, y como si aque­llas caricias tiernas le hubieran quitado toda su fuerza. Se entregó a las caricias como la fragancia del jazmín a las co­rrientes de aire. Apoyó la cabeza en el pecho de su amado, como un ser lleno de fatiga y que al fin encuentra el reposo, y suspiró profundamente, con un suspiro que expresó el nacimiento de la dicha y de la calma en un corazón solitario, y que expresó también el palpitar de la vida que había estado durmiendo, y que en ese momento despertaba. La joven alzó la cabeza y miró a los ojos de su amado, con esa mirada que no necesita del lenguaje habitual de los hombres y que elige el silencio para expresar el amor; era el lenguaje del espí­ritu; era la mirada de quien no se conforma con que el amor sea un alma prisionera en el cuerpo de las palabras.

Ambos amantes caminaron entre los sauces, y la indivi­dualidad de cada uno fue un lenguaje de dos individualidades fundidas en un solo ser; y los oídos escucharon en silencio la inspiración del amor, y los ojos contemplaron la gloria de la felicidad. Las ovejas los seguían, mordisqueando las flores y las hierbas, y los pajarillos surgían de todas partes, acompañándolos con trinos encantadores.

Al llegar los dos amantes al otro extremo del valle, el sol ya había salido por completo, extendiendo en las alturas un manto dorado. Tomaron asiento en una roca que protegía con su sombra a unas tímidas violetas. La muchacha fijó la mirada en los negros ojos de Alí, mientras la brisa jugaba con los cabellos del joven, y era como si unos labios invisi­bles la estuvieran besando. Sentía que unos dedos mágicos le acariciaban la lengua y los labios, avasallando su voluntad. Al cabo de un rato, la muchacha habló y dijo, con una dul­zura que casi fue una herida en el alma de Alí:

-Astarté ha hecho que nuestras almas regresen a esta vida, amado mío, para que las delicias del amor y la gloria de la juventud no nos sean extrañas.

Alí cerró los ojos, porque la música de aquellas palabras cristalizaron las formas de un sueño que había tenido a me­nudo. Sintió que invisibles alas lo transportaban lejos de aquel sitio, hasta un recinto de extraña forma. Allí se vio a sí mismo en pie, al lado de un lecho en el que yacía el cuerpo de -una hermosa mujer, cuya belleza se había llevado la muerte al quitarle el calor de los labios. Gritó, angustiado, al contemplar aquella horrible escena. Luego, abrió los ojos y vio a la doncella, sentada al lado de él; en aquellos labios había una sonrisa de amor, y en` aquella mirada fulgu­raban los rayos de la vida. El rostro de Alí se iluminó, su espíritu se sintió reconfortado, huyeron las visiones aterra­doras, y se olvidó del pasado y del futuro...

Los amantes se abrazaron y bebieron el vino dedos besos hasta satisfacer su sed de amor. Durmieron uno en brazos del otro hasta que las sombras se disiparon, y hasta que el calor del sol los despertó.

YUHANNA EL LOCO

I

Durante el verano, Yuhanna salía todas las mañanas a los campos, conduciendo sus bueyes y llevando al hombro el arado, mientras escuchaba los trinos de los pájaros y el mur mullo del viento en las hojas de los árboles. A mediodía se sentaba a orillas del danzante riachuelo que se abría paso entre los verdes prados, y allí comía, dejando siempre los restos de su comida en la hierba, para los pajarillos. Por las tardes, al ocultarse el sol y llevarse la luz del día, volvía a su humilde morada, en las colinas, desde donde podían verse las aldeas del norte del Líbano. Allí, se sentaba a la mesa en compañía de sus ancianos padres, y escuchaba en silencio su conversación, y sus comentarios sobre los acontecimientos diarios, y poco a poco se apoderaba de él un sueño reparador.

Durante el invierno se sentaba junto al fuego de la chime­nea y escuchaba los suspiros del viento y el grito de los ele­nentos, observando cómo una estación del año sucede a la otra. Miraba desde su ventana los valles cubiertos con su manto de nieve, y los árboles desprovistos de hojas, como una multitud de menesterosos abandonados al intenso frío y a los vientos huracanados. En las largas noches invernales permanecía despierto mucho tiempo después de que sus padres se habían retirado á dormir. Y abría un viejo arcón de madera, del que sacaba el libro de los evangelios, para leerlo en secreto al débil resplandor de una lámpara, y de cuando en cuando miraba en dirección de su padre dormido, que le había prohibido leer el santo libro. La prohibición obedecía a que los sacerdotes no permitían a la gente, sen­cilla e ignorante asomarse a los secretos de las enseñanzas de Jesús. Y si leían el libro, la iglesia los excomulgaba. Así pasaba Yuhanna los días de su maravillosa juventud, entre aquellos campos de maravillosa belleza y el libro de Jesús, lleno de luminosas enseñanzas y de valores espirituales. Siempre que hablaba su padre, Yuhanna permanecía silen­cioso, escuchándolo con respeto. A veces, se sentaba entre sus compañeros jóvenes como él, y también permanecía si­lencioso, mirando por encima de ellos la línea en donde la luz crepuscular tocaba el azul del cielo. Siempre que iba a la iglesia volvía de ella sientiendo tristeza, porque las enseñan­zas que se impartían desde el púlpito y desde el altar no eran como las que él leía en los Evangelios. Además, Yuhanna observaba que la vida de los fieles y de los pastores espiritua­les no era la hermosa vida de la que había hablado Jesús el Nazareno.

Volvió la primavera a los campos y a los prados, y la nieve se fundió. En las cumbres de las montañas quedó todavía un poco de nieve, que después se derritió también y corrió por las laderas convertida en arroyo que serpenteaba por los bajos valles. Pronto los riachuelos se juntaron hasta formar ríos más anchos, cuyos torrentes anunciaban a todos que la Naturaleza había despertado de su sueño. Los manzanos y los nogales florecieron, y los álamos y los sauces adquirieron nuevas hojas; en las alturas surgió la verde hierba y se abrieron las flores. Yuhanna se hastió de su existencia junto a la chi­menea; el ganado se inquietaba en el establo, ávido de verdes pastos, pues la provisión de paja y centeno ya casi se había acabado. Así pues, Yuhanna liberó al ganado de su encierro y lo condujo a campo abierto. Llevó su Biblia oculta bajo la capa, parra que nadie la viera, y llegó al prado cercano al ex­tremo del valle, contiguo a los campos de un monasterio que alzaba su negra silueta como una torre entre las cuestas de las colinas. Allí, el ganado se dispersó a pastar. Yuhanna se sentó, apoyando la espalda en una roca, y contempló el valle en toda su belleza, mientras, de tiempo en tiempo, leía el libro que le hablaba del reino de los cielos.

Era un día de fines de cuaresma, en que los aldeanos, que se habían abstenido de comer carne, esperaban con impaciencia la llegada de la Pascua Florida. Pero Yuhanna, como todos los campesinos pobres, no sabía la diferencia que hay entre los días de ayuno y los días de abundancia; para él, toda la existencia era un largo día de ayuno. Su ali­mento consistía de una hogaza de pan, amasada con el sudor de su frente, y de fruta comprada con el producto de rudo trabajo. Para él, la abstención de la carne y de ricos manja­res era algo natural. Y el ayuno no le producía hambre cor­poral, sino espiritual; le comunicaba la tristeza del Hijo del Hombre y el término de la vida de Jesús en la Tierra.

Los pajarillos revoloteaban. en torno a Yuhanna, llamán­dose unos a otros, y había bandadas de palomas que volaban sobre su cabeza; las flores se mecían suavemente al compás de la brisa bañándose en los calurosos rayos del sol. Y Yu­hanna leía, concentrado en su libro, y de tiempo en tiempo alzaba la cabeza reflexionando en lo que leía: Veía las cú­pulas de las iglesias de las aldeas esparcidas por el valle, y oía el tañer de las campanas. Cerró los ojos, y dejó que su espíritu se remontara a través de los siglos hasta la vieja Je­rusalén, para seguir las huellas de Jesús por las calles; pregun­tando a los transeúntes por El. Imaginó que le respondían: "Aquí, El curó a los ciegos y a los paralíticos. Allí, le hicie­ron una corona de espinas y se la colocaron en la cabeza. En estas calles El detuvo su paso y habló a la gente en parábolas. En ese sitio lo ataron a un pilar y le escupieron el rostro, y lo flagelaron. -En ese jardín le perdonó a la ramera sus, pecados. Allá, El cayó bajo el peso de la cruz."

Pasaron las horas, mientras Yuhanna sufría con la agonía del cuerpo del Hombre-Dios, y se exhaltaba con El en es­píritu. Al levantarse Yuhanna, el sol estaba en el cenit. Miró en torno de él, y buscó a sus vacas por todas partes, perplejo ante su desaparición en aquellos pastizales planos. Y al lle­gar al camino que se interna por los campos como las líneas de la palma de la mano, vio a lo lejos a un hombre vestido de negro, en pie, en medio de los jardines. Apresuró el paso para ir a su encuentro, y al acercarse vio que era uno de los monjes del monasterio. Yuhanna inclinó la cabeza, saludó al monje y le preguntó si había visto a sus becerros en los jardines.

El monje, tratando de ocultar su cólera, miró intensa­mente a Yuhanna y le contestó en tono áspero:

-Sí, los he visto; allá están; ven conmigo, y los verás. Yuhanna siguió al monje, hasta que llegaron al monaste­rio, allí, vio a sus becerros encerrados en un corral, atados con sogas y custodiados por otro monje. Aquel monje llevaba en la mano una gruesa vara, con la que pegaba a las bestias cada vez que se movían. Al intentar Yuhanna entrar en el co­rral para llevarse a sus animales, el monje lo asió de la capa y, volviendo la cabeza hacia la puerta del monasterio, gritó:

- ¡Aquí está el pastor culpable; lo he capturado!

Al oír aquel grito, los sacerdotes y los monjes acudieron, encabezados por el superior, que se distinguía de sus compa­ñeros por su ropa fe fina tela y sus facciones severas. Rodea­ron a Yuhanna como soldados que se disputaran el botín. Yuhanna se dirigió al superior y le dijo en tono amable:

-¿Qué he hecho para que me llaméis criminal, y por qué me habéis capturado?

El superior le contestó con voz ríspida:

-Has traído a pastar a ese ganado en tierras del monas­terio, y han echado a perder nuestras vides. Nos hemos apo­derado de los animales porque el pastor es responsable del daño que ocasione el ganado.

El airado rostro del superior se hizo más severo conforme hablaba. Yuhanna respondió, humilde:

-Padre, son criaturas sin inteligencia, y yo soy un pobre hombre que no posee sino las fuerzas de sus brazos y estás bestias. Permítame que me las lleve, y le prometo no volver nunca por estos prados.

El padre superior dio un paso hacia adelante, alzó la mano señalando hacia el cielo y dijo:

-Dios nos ha colocado en este sitio, y nos ha confiado la custodia de esta tierra, que fue la tierra de su elegido, el profeta Elías. Custodiamos esta tierra de día y de noche, pues es una tierra sagrada; los que se acerquen a ella serán consumidos por el fuego eterno. Si te niegas a dar cuenta de tus actos ante el monasterio, el pasto se convertirá en veneno en las entrañas de tus bestias. Y no habrá escapatoria para ti, pues retendremos las bestias en nuestro corral, hasta que hayas pagado los daños.

Ya se marchaba el superior cuando Yuhanna le detuvo, y le dijo con voz suplicante:

-Le ruego, mi señor, por aquellos sagrados días en que Jesús sufrió por nosotros y María lloró de dolor, que me deje irme con mis bestias. No se ensañe conmigo; yo soy un hom bre pobre, y el monasterio es rico y poderoso. Seguramente me perdonará mi tontería y tendrá piedad de mi padre.

El superior lo miró con burla y desprecio, y le dijo:

-El monasterio no te perdonará ni el valor de un solo grano, estúpido; no importa que seas rico o pobre. Y no eres nadie para conjurarme en nombre de las cosas sagradas, pues sólo nosotros sabemos los secretos de los sagrados misterios. Para poder llevarte tus animales tendrás que pagar tres dena­rios por el daño que han causado.

-Padre -dijo Yohanna con voz temblorosa-, no tengo nada; ni una moneda de cobre. Tenga compasión de mí y de nú pobreza.

El superior se acarició la tupida barba y dijo:

-En ese caso, márchate y vende parte de tus tierras, y vuelve con los tres denarios. ¿No es mejor para ti entrar en el reino de los cielos, aunque no poseas ni un pedazo de tierra,

que atraerte la ira de Elías con tus testarudos argumentos ante su altar, e ir al infierno, donde todo es fuego eterno? Yuhanna permaneció callado un rato. Luego, sus ojos se iluminaron y en sus facciones se advirtió una gran alegría. Su actitud cambió, de súplica, a la actitud de fuerza y resolu­ción. Cuando volvió a hablar, en su voz había el conoci­miento y la determinación de la juventud:

-¿Deben los pobres vender la tierra con la que ganan el pan diario, para llenar más los cofres del monasterio donde abundan el oro y la plata? ¿Acaso los pobres deben ser más pobres y morir de hambre para que el gran Elías perdone los pecados de unas bestias hambrientas?

El superior alzó la cabeza con soberbia y replicó:

-Jesús el Cristo dijo: "A todo aquel que tenga se le dará más, en abundancia; pero a aquel que nada tenga se le quitará hasta lo poco que tenga."

Al oír Yuhanna estas palabras sintió que su corazón latía más aprisa; sintió que su espíritu ganaba estatura. Era como si la tierra estuviera creciendo a sus pies. Sacó,de su bolsillo su Biblia; como el guerrero que desenfunda su espada para defenderse, y exclamó:

- ¡Así os burláis de las enseñanzas de este libro, hipócri­tas, y usáis lo más sagrado para difundir el mal! ¡Pobres de vosotros cuando el Hijo del Hombre venga por segunda vez y convierta en ruinas vuestros monasterios, esparza sus pie­dras en el valle y queme con fuego vuestros altares y vuestras imágenes! ¡Caiga sobre vosotros la inocente sangre de Jesús, y las lágrimas de su madre, que os llevarán a las profundida­des del abismo! !Ay de vosotros, que adoráis los ídolos de vuestra codicia y que ocultáis en vuestros negros hábitos la negrura mayor de vuestras acciones! ¡Ay de vosotros, que movéis los labios recitando plegarias, mientras vues­tros corazones son duros como la roca; que os inclináis humil­demente ante los altares, pero que en vuestras almas os reve­láis contra Dios! En vuestra dureza de corazón me habéis traído a este sitio como un transgresor que ha tomado un poco de pasto de la tierra que el sol ha nutrido para todos nosotros. Cuando os ruego en, nombre de Jesús y de los días de su pasión, os burláis de mí como de alguien que no sabe lo que dice. Tomad este libro, y leedlo, y mostradme cuándo Jesús no perdonó. Leed esta divina tragedia y decid­me cuándo habló Jesús sin misericordia y sin compasión.

¿Fue en el sermón de la montaña, o en sus enseñanzas en el templo, ante los perseguidores de la ramera, o en el Gól­gota, cuando abrió los brazos en la cruz para abrazar a toda la humanidad? Mirad hacia abajo, todos vosotros, los duros de corazón y contemplad estas pobres aldeas en cuyas mora­das los enfermos agonizan en lechos de dolor; mirad esas prisiones en que los desventurados ven pasar los días con desesperación; observad esas ricas puertas a las que acuden los mendigos; ved esos caminos en los que duerme el foras­tero pobre, y ved en esos cementerios cómo lloran la viuda y el huérfano. En cambio, vosotros vivís aquí en la ociosidad y en la molicie, gozando del fruto de la tierra y de las uvas de la viña. Nunca visitáis a los enfermos ni a los presos; jamás ofrecéis alimento a quien tiene hambre, ni dais refugio al forastero, ni consoláis a los que sufren. Y no os contentáis con lo que tenéis y habéis robado a nuestros antepasados; extendéis las manos como la serpiente venenosa extiende la cabeza para robar a la viuda el trabajo de sus manos, y al campesino, sus ahorros para la ancianidad.

Yuhanna dejó de hablar para tomar aliento, y luego prosiguió, con la cabeza erguida orgullosamente, pero dijo en tono sereno:

-Vosotros sois muchos, y estoy solo. Haced conmigo lo que gustéis. La oveja puede ser presa de los lobos en la oscuridad de la noche, pero su sangre manchará las piedras del valle hasta que llegue la aurora y salga el sol.

Así habló Yuhanna, y en su voz había una fuerza de ins­piración; una fuerza que mantenía inmóviles a los monjes y les causaba creciente ira. Los monjes temblaron de rabia y rechinaron los dientes como leones hambrientos, esperando una señal del jefe para caer sobre el joven y destrozarlo. Permanecieron callados hasta que Yuhanna dejó de hablar, y quedó en silencio, como la calma después de una tempestad que ha destrozado las ramas más altas de los árboles y las más fuertes plantas. Luego, el superior gritó, lleno de ira:

- ¡Apodérense de ese miserable pecador; quítenle el libro y húndanlo en una oscura celda; los que maldicen a los elegi­dos de Dios no tendrán perdón, ni aquí ni en el otro mundo!

Los monjes se avalanzaron sobre Yuhanna como el león sobre su presa; le ataron los brazos y se lo llevaron a una pequeña celda, y antes de echar cerrojo a la puerta magulla­ron su cuerpo con golpes y puntapiés.

Y en aquel oscuro sitio yació Yuhanna, el vencedor, a quien una ingrata fortuna había hecho cautivo de sus enemi­gos. Por una estrecha hendidura de la pared miró el valle, que reposaba a la luz del sol. Su rostro se iluminó y su espíritu sintió el abrazo de una resignación divina; se apoderó de él una dulce tranquilidad. La reducida celda mantenía en prisión su cuerpo, pero su espíritu se sentía libre, y vagaba con la brisa entre los prados y las ruinas. Las manos de los monjes habían lastimado sus miembros, pero no habían toca­do sus más profundos sentimientos; y en ellos sentíase en paz y seguro, en compañía de Jesús de Nazareth. La persecución no hace daño al justo, ni la opresión destruye a quien está del lado de la verdad. Sócrates bebió la cicuta sonriendo; Pablo se regocijó cuando lo apedrearon. Sólo nos daña oponernos a la oculta conciencia, pues cuando la traicionamos, nos hiere.

Los padres de Yuhanna se enteraron de lo que había ocu­rrido a su único hijo. La madre acudió al monasterio cami­nando con ayuda del bastón, y se arrojó a los pies del padre superior. Lloró y le besó las manos e imploró perdón para su hijo y su ignorancia. El padre Prior alzó los ojos al cielo como quien está más allá de las cosas de este mundo, y le dijo a la mujer:

-Podemos perdonar el atolondramiento de tu hijo y ser tolerarites con su tontería, pero- el monasterio tiene derechos sagrados que deben respetarse. Nosotros, en nuestra humil dad, perdonamos a los ofensores de los hombres, pero el gran Elías no perdona a quienes profanan sus viñedos y a los que llevan a pastar las bestias en su sagrada tierra.

La madre miró al monje mientras le corrían amargas lágri­mas por las arrugadas mejillas. Luego, se quitó del cuello un collar de plata, y poniéndolo en la mano del monje, le dijo:

-Padre, lo único que tengo es este collar que mi madre me regaló el día de mi boda. Espero que el monasterio lo acepte como pago de la culpa de mi único hijo.

El padre superior tomó el collar y lo guardó en su bolsi­llo, y mientras aquella madre le besaba las manos con grati­tud, le dijo:

- ¡Ay de esta generación, que ha interpretado al revés los versículos del libro sagrado y que ha comido uvas amargas! Ve en paz, buena mujer, y ruega al Cielo que cure a tu hijo y le devuelva la razón.

Yuhanna salió de la prisión y caminó lentamente condu­ciendo su ganado; a su lado iba su madre, apoyada en un bastón y doblada bajo el peso de los años. Cuando llegaron a la cabaña, el muchacho encerró a las bestias en el establo y se sentó en la ventana, en silencio, contemplando la luz del ocaso. Al poco rato, oyó que su padre le susurraba al oído a su madre:

-Sara, muchas veces te he dicho que nuestro hijo era débil de cabeza, pero nunca estuviste de acuerdo conmigo. Ahora, no me contradigas, porque sus actos han dado razón a mis palabras. Lo que te dijo ahora el padre superior te lo he estado diciendo desde hace años.

Yuhanna se quedó inmóvil, mirando hacia el oeste, donde los rayos del sol poniente coloreaban las densas masas de nubes.

II

Era el tiempo de la Pascua Florida, y a los días de ayuno sucedieron los días de regocijo. Se había terminado el nuevo templo, que se alzaba sobre las casas de Besharrí, como el palacio de un príncipe en medio de las humildes moradas de sus súbditos. La gente estaba reunida y esperaba la llegada del obispo, que iría a consagrar el santuario y los altares. Y cuando ya se acercaba la hora de la llegada del prelado, la gente salió de la aldea en procesión, y el dignatario entró con ellos en la aldea en medio de cantos de -alabanza de los campesinos y de cánticos solemnes de los sacerdotes, entre música de címbalos y tañer de campanas. Al apearse el obispo de su caballo que llevaba una hermosa silla y brida de plata; salieron a recibirlo los religiosos y los notables de la aldea, que le dieron la bienvenida con solemnes palabras y cantos litúrgicos. Al llegar el obispo a la nueva iglesia lo revistieron con ropas talares bordadas de oro, y le pusieron una corona incrustada de piedras preciosas. Luego le dieron el báculo finamente tallado y lleno de gemas. Recorrió toda la iglesia, cantando en compañía de los demás sacerdotes, mientras en el aire ascendían volutas de rico incienso perfumado, y ardían muchas velas encendidas.

En aquella hora, Yuhanna estaba entre los pastores y campesinos, en un estrado observando el espectáculo con mirada triste. Suspiraba amargamente al ver, por un lado, ropas de seda y vasos de oro, incensarios y costosas lámparas de plata, y por otro lado veía a los campesinos vestidos pobremente, que habían acudido de sus pequeñas aldeas a regocijarse con el festival y con la ceremonia de la consagra­ción. Por un lado, veía a los poderosos vestidos de terciopelo y raso; por el otro, los miserables iban cubiertos de lastimosos harapos. La riqueza y el poder daban lustre a la religión con los cantos litúrgicos; y los pobres, humildes y debilitados, se regocijaban con los misterios de la Resurrección. Las plegarias y los susurros que surgían de los corazones rotos flotaban en el éter. Por un lado, los líderes y los notables estaban llenos de vida como los cipreses lozanos. Por otro lado, allí estaban los campesinos, los que se someten, cuya existencia es un barco capitaneado por la Muerte; aquellos cuyo timón está roto por las olas y cuyas velas desgarra el viento; la gente pobre, que se debate entre la angustia del abismo y el terror de la tormenta. Por un lado, la tiranía opresora;, por otro, la ciega obediencia. ¿Acaso son parientes una y otra? ¿Acaso es la tiranía un árbol fuerte que sólo crece en tierras bajas? ¿No es acaso la sumisión un campo abandonado en el que sólo crecen espinas?

Estas tristes reflexiones y estos pensamientos torturantes ocupaban el ánimo de Yuhanna. Se golpeaba el, pecho y se llevaba las manos a la garganta temiendo ahogarse, como si su aliento quisiera escapársele del pecho. Y así permaneció hasta que terminó la ceremonia de la consagración, cuando la gente empezó a dispersarse.

Yuhanna empezó a sentir que un espíritu que flotaba en el aire lo instaba a levantarse y a hablar en su nombre; en medio de la muchedumbre, un poder desconocido lo impul­saba a predicar ante el cielo y la tierra.

Fue Yuhanna al extremo de la plataforma y., alzando la mirada, hizo con la mano una señal hacia los cielos. Con voz potente que llamó la atención de los circunstantes, gritó:

-Mira, ¡oh Jesús!, Hombre de Nazareth, que estás senta­do en el círculo de luz en las alturas; mira desde la cúpula azul de los cielos esta tierra cuyos elementos tú llevaste como túnica. Míranos, fiel campesino, pues las espinas han matado las flores cuyas semillas hiciste germinar con el sudor de tu frente. Mira, oh buen pastor, pues el débil cordero que llevas­te en el hombro ha sido despedazado por bestias salvajes. Tu sangre inocente se desperdicia en la tierra, y tus ardientes lágrimas se han secado en los corazones de los hombres. La tibieza de tu aliento se ha esparcido en los vientos del desier­to. Este campo hollado por tus pies se ha convertido en un campo de batalla donde los pies de los poderosos aplastan las costillas de los desposeídos; donde la mano del opresor ahoga el espíritu del débil. Los perseguidos gritan en la oscuridad, y quienes se sientan en los tronos, en tu nombre, no oyen tales gritos, tampoco oyen los llantos de los afligidos quienes predican tus palabras desde los púlpitos. El cordero que tú enviaste como mensajero del Señor de la vida se ha vuelto una bestia de rapiña que hace pedazos al cordero que tú llevaste en brazos. El mundo de la vida que tú trajiste desde el cora­zón de Dios está oculto en las páginas de los libros, y en vez de la vida hay un clamor de miedo y miseria en todos los corazones. Esta gente, oh Jesús, ha erigido templos y taber­náculos a la gloria de tu nombre, y los ha adornado con preciosas sedas y oro fundido. Para ello, han dejado desnudos a los pobres, tus elegidos, en las frías calles; sin embargo, los sacerdotes queman incienso y encienden velas. Les han roba­do el pan a los que creen en tu divinidad. Y mientras el aire forma eco a sus salmos y a sus himnos, los sacerdotes no oyen el clamor del huérfano ni las lamentaciones de la viuda. Por tanto, ven por segunda vez, oh Jesús, y arroja del templo a los que comercian con la religión, pues han hecho de ella un asqueroso nido de víboras lleno de veneno. Ven, y amonesta a estos césares que han robado a los pobres lo que es de Dios. Contempla la viña que plantó tu mano derecha. Los gusanos han devorado sus tiernas ramas y sus uvas son pisoteadas, sin provecho alguno. Considera a todos aquellos a quienes trajiste la paz, y ve cómo están divididos, y cómo pelean entre sí, y las víctimas de sus guerras somos las almas turbadas y los corazones oprimidos. En los días de fiesta y en las celebracio­nes religiosas, los sacerdotes alzan la voz deseando gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra y alegría a todos los hombres. ¿Es tu Padre celestial glorificado cuando labios corruptos y lenguas mentirosas pronuncian su nombre? ¿Hay paz en la tierra cuando los hijos del sufrimiento aran los campos y ven que sus fuerzas se van debilitando a la luz del sol para llenar las bocas de los poderosos y las entrañas de los tiranos? ¿Hay alegría cuando los desposeídos consideran la muerte como liberación? ¿Qué es la paz, dulce Jesús? ¿Es eso que está en los ojos de los niños hambrientos y en los pechos de hambrientas madres que viven en moradas frías y oscuras? ¿Es lo que está en los cuerpos de los menesterosos, que duermen en lechos de piedra soñando con alimentos que nunca les llegan, pues los sacerdotes los arrojan a los cerdos? ¿Qué es la alegría, oh Jesús? ¿Existe alegría cuando un prín­cipe puede comprar la fuerza de los hombres y el honor de las mujeres por unas cuantas monedas de plata? ¿Puede exis­tir la alegría en esos callados esclavos de cuerpo y alma cuyos ojos están deslumbrados con las joyas y los anillos y las ropas de seda de los sacerdotes? ¿Hay regocijo en los gritos de los oprimidos cuando los tiranos caen sobre ellos espada en mano y aplastan los cuerpos de sus mujeres y de sus hijos con los cascos de los caballos, haciendo que la tierra se embriague con la sangre de los pobres? Extiende tu poderosa mano, oh Jesús, y sálvanos, pues la mano del opre­sor pesa sobre nosotros. O envíanos la muerte, que nos conduzca a la tumba, donde reposaremos en paz hasta tu segunda venida, protegidos por la sombra de tu cruz. Porque en verdad nuestra vida es sólo el reino de la oscuridad, cuyos habitantes son espíritus malignos, y un valle donde las 'serpientes y los dragones pululan. Nuestras vidas no son sino espadas que en la noche se ocultan en nuestros lechos y que en el día cuelgan sobre nuestras cabezas siempre que el amor a la existencia nos conduce a los campos. Ten piedad de nosotros, oh Jesús, de estas multitudes que se reúnen en tu nombre el día de la Resurrección. Ten compasión de nuestra debilidad y de nuestra humildad.

Así habló Yuhanna mirando al cielo, mientras la gente lo rodeaba. Algunos aprobaron sus palabras y lo elogiaron; otros se enojaron y lo amonestaron.

Un campesino gritó: - ¡Dice la verdad, y nos habla poniendo de testigo al Cielo, pues somos los oprimidos! Otro, comentó: -Este hombre es un poseído del demo­nio y nos habla con la lengua de un espíritu del mal.

Otro más dijo: -Nunca hemos oído tantas tonterías, ni queremos escucharlas.

Y otro más susurró al oído de su vecino: -Al oír su voz, sentí un temblor que estremeció mi corazón, pues este hombre habló con un extraño poder.

Y aquel vecino le contestó: -Así es; pero nuestros pasto­res religiosos saben más que nosotros de estas cosas; es un error dudar de ellos.

Y mientras los gritos surgían de todas partes y se conver­tían en un clamor como el de las olas del mar, que se dispersa y se pierde en el éter, apareció un sacerdote que se apoderó de Yuhanna y lo entregó a la policía. Lo condujeron a la resi­dencia del gobernador 'y le hicieron preguntas a las que no contestó, recordando que Jesús había permanecido callado ante sus perseguidores. Así, pues, lo arrojaron en oscura cárcel, y allí durmió aquella noche Yuhanna, apoyando la cabeza en el muro de piedra.

Y a la mañana siguiente, el padre de Yuhanna se presentó ante el gobernador, a dar testimonio de la locura de su hijo. -Señor -dijo el padre de Yuhanna-, a menudo lo he oído balbucear en su soledad y hablar de cosas extrañas que no existen. Noche tras noche ha hablado en el silencio, con palabras extrañas, llamando a las sombras con voz terrible, como los hechiceros cuando formulan encantamientos. Pregunta a los muchachos vecinos que son sus compañeros, pues ellos saben que la mente de mi hijo se sentía atraída por un mundo extraño. Cuando estos muchachos le hablaban, él rara vez les respondía, y cuando hablaba, las palabras de mi hijo eran confusas y nada tenían que ver con su conversa­ción. Pregunten a su madre, pues ella, más que nadie, sabe que el alma de nuestro hijo ha perdido la razón. Muchas veces lo ha visto mirar el horizonte con la mirada perdida, y lo ha oído hablar con pasión de los árboles, de los arroyos y de las flores, y de las estrellas, con lenguaje infantil y confuso. Pregunten a los monjes del monasterio, con los que tuvo una querella el día de ayer, burlándose de las cosas santas y despreciando la santa vida que ellos llevan. Mi hijo está loco, señor, pero es amable con su madre y conmigo. Nos sostiene en nuestra ancianidad y provee a nuestras necesidades con el sudor de su frente. Sé misericordioso con él y con nosotros, y perdónale sus locuras en honor de sus padres.

Yuhanna fue puesto en libertad y cundió por todas partes la historia de su locura. Los jóvenes hablaban de él con burla, pero las doncellas lo miraban tristemente y decían:

-Los cielos son responsables de las cosas extrañas en los hombres. Así, en este joven la belleza se une a la locura, y la luz de sus bellos ojos está unida a la oscuridad de su alma enferma.

Entre las colinas y la pradera, cubierto con su vestido de plantas y flores estaba Yuhanna sentado cerca de sus bece­rros, que habían llegado a aquellos buenos pastizales huyendo de la violencia y de la lucha de los hombres. Yuhanna miraba, con los ojos enturbiados por las lágrimas, las villas y caseríos esparcidos en las cuestas del valle; y exhalando un hondo suspiro, repetía a menudo estas palabras:

-Vosotros sois muchos y yo estoy solo. Decid lo que queráis de mí, y haced conmigo lo que os plazca. La oveja puede ser presa de los lobos en la oscuridad de la noche, pero su sangre manchará las piedras del valle, hasta que llegue la aurora y vuelva a salir el sol.

HABLANDO DE ... : PENSAMIENTOS Y MEDITACIONES -- GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

PENSAMIENTOS Y MEDITACIONES
(1961)


EL RETORNO DEL AMADO

Al caer la noche el enemigo huyó con cortes de espada y heridas de lanza grabados en su espalda. Nuestros héroes hicieron ondear banderas de triunfo y entonaron cantos de victoria al ritmo de los cascos de sus caballos, que resonaban en; las piedras del valle.
La luna ya se había levantado de atrás de Fam El Mizab. Las rocas, enormes y elevadas, parecían alzarse con el espíritu del pueblo, y el bosque de cedros semejaba una medalla de honor en el pecho del Líbano.
Continuaron su marcha, y la luna brilló por encima de sus armas. Las lejanas cavernas resonaron repitiendo sus cánticos de alabanza y victoria hasta que, al pie de una cuesta, los detuvo el relincho de un caballo que se erguía entre las rocas grises como esculpido en ellas.
En las cercanías del caballo encontraron un cuerpo, cuya sangre había manchado la tierra en que yacía.
.Mostradme su espada y os diré quién es su dueño -gritó el jefe del escuadrón.
Algunos soldados desmontaron y rodearon al muerto. Uno de ellos dijo al jefe:
-Sus dedos cogen la empuñadura con toda su fuerza. Sería afrentoso quitarle la espada.
Otro dijo:
-La espada está cubierta por la sangre de la vida que huía y que ahora oculta su metal.
Un tercero agregó:
-La sangre coaguló tanto sobre la mano como sobre la empuñadura, e hizo de ellas una sola pieza.
El jefe, entonces, desmontó y caminó hacia el cuerpo.
-Levantad su cabeza -dijo-, y dejad que la luna ilumine su rostro, de modo que podamos saber quién es.
Los hombres hicieron lo ordenado y el rostro del muerto apareció detrás del Velo de la Muerte, con signos de valor y nobleza. Era el rostro de un poderoso caballero y trasuntaba virilidad. Era el rostro de alguien que había chocado valientemente contra el enemigo y se enfrentaba a la muerte sonriendo. El rostro de un héroe libanés que, ese día, había dado testimonio del triunfo pero no había vivido para marchar y cantar y celebrar la victoria con sus camaradas.
Cuando sacaron el paño de seda de su pálido rostro y le limpiaron el polvo de la batalla, el jefe, como en agonía, gritó:
- ¡Es el hijo de Assaaby! ¡Qué terrible pérdida!
Y los hombres repitieron ese nombre, suspirando. El silencio, entonces, los cubrió, y sus corazones, embriagados por el néctar de la victoria, recuperaron la sobriedad, porque habían visto algo más grande que la gloria del triunfo en la pérdida de un héroe.
En esa escena de espanto se erguían como estatuas de mármol, y sus lenguas, tiesas, se encontraban mudas y sin voz. Esto es lo que la muerte hace con las almas de los héroes: llorar y lamentarse es cosa de mujeres, quejarse y gritar es propio de niños. Para el dolor de los hombres de armas lo único digno es el silencio, que atenaza el corazón con tanta fuerza como las garras del águila la garganta de su presa. Es ese silencio que se eleva por encima de las lágrimas y gemidos el que, en su majestad, agrega pavor y angustia a la desgracia, ese silencio que hace que el alma descienda de la cima de la montaña al abismo. Ese silencio que anuncia la llegada de la tempestad. Y cuando la tempestad no se hace presente es porque el silencio resulta más fuerte que ella.
Quitaron entonces la ropa al joven héroe para ver dónde había clavado la muerte sus aceradas garras y en, su pecho aparecieron las heridas, como labios que hablaban en la sere nidad de la noche proclamando la valentía de los hombres.
El jefe se acercó al cuerpo y cayó de rodillas. Mirando mejor al guerrero muerto encontró un pañuelo bordado cofa hilos de oro atado en torno a su brazo y reconoció la mano que había hilado la seda, y los dedos que habían tejido su hebra. Lo guardó debajo de sus ropas y se apartó lentamente, ocultando con mano temblorosa su rostro agobiado. Hasta entonces esa mano había arrancado, con su fuerza, las cabezas del enemigo. Pero en ese momento temblaba porque había tocado el borde de un pañuelo atado por dedos amantes en torno del brazo de un héroe ya muerto, un héroe que volvería a ella sin vida, sobre las espaldas de sus camaradas.
Mientras el espíritu del jefe fluctuaba analizando tanto la tiranía de la muerte cuanto los secretos del amor, uno delos hombres propuso:
-Cavemos una tumba debajo de aquel roble, para que las raíces puedan beber su sangre y las ramas reciban alimento de- sus despojos. Ganará en fuerza y se volverá inmortal; quedará como símbolo que proclame a montes y valles su valentía y su fuerza.
-Llevémoslo al bosque de cedros y sepultémoslo al lado de la iglesia -agregó otro-: allí sus huesos estarán eternamente custodiados por la sombra de la cruz.
-Enterrémoslo aquí -dijo otro-, donde su sangre ya se ha mezclado con la tierra. Y dejemos que la espada permanezca en su diestra. Coloquemos su lanza a su lado y sacrifiquemos su caballo sobre la tumba. Y que sus armas sean su alegría en la soledad.
Pero uno objetó:
-No enterremos una espada manchada con la sangre del enemigo ni sacrifiquemos un corcel que resistió a la muerte en el campo de batalla. No abandonemos en la soledad armas habituadas a la acción y a la fuerza: llevémosles a sus parientes como buena y grande herencia.
-Arrodillémonos a su lado y recemos las plegarias del Nazareno para que Dios quiera perdonarlo y bendecir nuestra victoria -dijo otro.
-Levantémoslo sobre nuestras espaldas en un féretro Formado por nuestros escudos y lanzas y recorramos otra vez este valle de nuestra victoria con él en andas para que los labios de sus heridas sonrían antes de verse envueltos por la tierra de la tumba -propuso un camarada.
Y otro:
-Montéenoslo en su corcel y, sosteniéndolo con las calaveras de los enemigos muertos y ciñéndoles su lanza, conduzcámoslo a la aldea como vencedor. No cedió a la muerte hasta después de cargarla con el peso de las almas de los enemigos.
-Vamos -dijo uno-, enterrémoslo al pie de esta montaña. El eco de las grutas será su acompañante y el murmullo del arroyo su trovador. Sus huesos deben reposar en el desierto, donde los pasos de la noche silenciosa son leves y suaves.
Otro objetó:
-No. No lo dejemos aquí, porque aquí habitan el tedio y la soledad. Llevémoslo al camposanto de la aldea. Los espíritus de nuestros antepasados lo acompañarán y hablarán con él en el silencio de la noche, y le narrarán las historias de sus guerras y las sagas de sus glorias.
El jefe caminó entonces hacia el centro y pidió silencio. Suspiró y dijo:
-No lo fastidiemos con historias de guerra ni repitamos a los oídos de su alma, que ronda por encima de nosotros, las narraciones de espadas y lanzas. Mejor llevémoslo tranquila y silenciosamente a su lugar de nacimiento, donde un alma amorosa espera su regreso al hogar... el alma de una doncella que espera su retorno del campo de batalla. Devolvámoslo para que no pierda la última mirada a su rostro y el último beso a su frente.
Así, lo cargaron sobre sus espaldas y marcharon en silencio, gachas las cabezas y caídos los ojos. Su caballo, apenado, se afanaba detrás de ellos arrastrando las riendas por el suelo y profiriendo, de tanto en tanto, un relincho desolado que retumbaba en las cavernas como si ellas tuviesen corazón y compartieran su tristeza.
El cortejo triunfal marchó tras la cabalgata de la muerte por el espinoso sendero del valle, iluminado por la luna, y el espíritu del Amor señaló el camino arrastrando sus alas rotas.

UNIÓN

Cuando la noche embelleció el ropaje del cielo con las joyas de las estrellas, una hurí se remontó desde el valle del Nilo y revoloteó en el cielo con alas invisibles. Se sentó en un trono de niebla que colgaba entre el cielo y el mar, mientras delante de ella pasaba una multitud de ángeles que cantaban al unísono: "Gloria, gloria, gloria a la hija del Egipto, cuya grandeza llena el orbe."
Entonces, en la cima de Fam El Mizab, circundada por el bosque de cedros, las manos de los serafines alzaron a una joven sombra, que se sentó en el trono al lado de la hurí. Los espíritus los rodearon cantando: "Gloria, gloria, gloria al joven del Líbano, cuya magnificencia llena los tiempos."
Y cuando el novio tomó las manos de su amada y miró en sus ojos, las olas y el viento esparcieron su comunión por todo el universo:
¡Qué perfecto es tu esplendor, hija de Isis, y qué enorme mi adoración por ti!
¡Qué elegante eres entre los jóvenes, hijo de Astarté, cuán poderosamente te deseo!
Mi amor es tan fuerte como tus pirámides, y el tiempo no podrá destruirlo.
Mi amor es tan firme como tus Cedros Sagrados, y los elementos no podrán con él.
Sabios de todas las naciones de oriente y occidente vienen a beber de tu sabiduría y a descifrar tus signos.
Eruditos de todos los reinos del mundo vienen a embriagarse con el néctar de tu belleza y con la magia de tu voz. Tus palabras son fuentes de abundancia.
Tus brazos son manantiales de agua pura y tu aliento una brisa refrescante.
Los palacios y los templos del Nilo anuncian tu gloria y la Esfinge da fe de tu grandeza.
Los cedros de tu pecho son como medallas de honor y las torres que te rodean son señal de tu valentía y fortaleza. ¡Qué dulce es tu amor, y qué maravillosa la esperanza que alientas!
¡Qué generoso compañero eres. Y qué esposo leal has mostrado ser. Qué sublimes son tus dones y tu sacrificio! Me enviaste jóvenes que eran como el. despertar después de un profundo sueño. Me diste hombres llenos de osadía para conquistar la debilidad de mi pueblo, humanistas para exaltarlo y genios que enriquecieran sus poderes.
De las semillas que te envié hiciste brotar flores; de los renuevos, árboles. Porque tú eres una pradera virgen en la que crecen rosas y lirios y se levantan cipreses y cedros.
Veo tristeza en tus ojos, amor mío, ¿acaso te apena estar a mi lado?
Tengo hijos e hijas que emigraron al otro lado de los mares y me dejaron llorando y añorando su regreso.
¿Es que tienes miedo, hija del Nilo y preferida de todas las naciones?
Temo que se me acerque un tirano de voz dulce que, luego, me domine con la fuerza de sus brazos.
La vida de las naciones es, amor mío, como la vida de los individuos: se alegra con la esperanza y es una con el temor, la acosan los deseos y la angustia la desesperación.
Los amantes se abrazaron y se besaron y de las copas del amor bebieron el fragante vino de los tiempos. Y el coro de ángeles cantó: "Gloria, gloria, gloria, la gloria del amor llena los cielos y la tierra."

MI ALMA ME HABLÓ

Mi alma me habló y me enseñó a amar lo que el pueblo aborrece y a proteger lo que denigra.
Mi alma me mostró que el amor se enorgullece no sólo del ser que ama sino también del amado.
Antes de que mi alma me hablara, en mi corazón el amor era como una delgada cuerda ajustada entre dos clavijas. Pero ahora el amor se ha transformado en un halo cuyo comienzo es su final y cuyo final es su comienzo. Rodea a todos los seres y se difunde lentamente hasta abrazar todo lo que existe.
Mi alma me advirtió y me hizo percibir la belleza oculta de la piel, la forma y el matiz. Me enseñó a meditar sobre lo que la gente llama feo hasta que aparece su verdadero encanto y deleite.
Antes de que mi alma me aconsejara, para mí la belleza era una antorcha temblorosa entre columnas de humo. Ahora que se desvaneció el humo no veo sino la llama.
Mí alma me habló y me hizo oír voces que no pronuncian la lengua, la laringe ni los labios.
Antes de que mi alma me hablara yo no oía más que gritos y gemidos. Pero ahora, ansiosamente, puedo oír el silencio y escucho sus coros cantando los himnos de los tiempos y los cánticos del firmamento, que anuncian los secretos de lo oculto.
Mi alma me habló y me enseñó a beber el vino que no procede de lagares ni puede escanciarse de copas que puedan levantar las manos ni tocar los labios.
Antes de que mi alma me hablara, mi sed era como una chispa confusa escondida bajo las cenizas que pueda apagar un sorbo de agua.
Mi alma me habló y me enseñó a tocar lo que aún no se ha encarnado; ella reveló que todo lo qúe tocamos es parte de nuestro deseo.
Pero ahora mis dedos se transformaron en bruma que penetra en lo que se ve del universo y se confunde con lo invisible.
Mi alma me enseñó a aspirar el perfume que no emiten el mirto ni el incienso. Antes de que mi alma me hablara yo deseaba aspirar la fragancia del perfume en los jardines, en los frascos o en los incensarios.
Pero ahora puedo gustar del incienso que no se quema como ofrenda en sacrificio. Y lleno mi corazón con una fragancia que ninguna brisa condujo a través del espacio.
Mi alma me habló y me enseñó a decir "Estoy listo" cuando lo desconocido y el peligro me llaman.
Antes de que mi alma me hablara yo no respondía a ninguna voz, salvo a la del pregonero que conocía, y sólo caminaba por el sendero cómodo y fácil.
Ahora lo desconocido es un corcel que puedo montar para conocerlo, y la llanura se volvió escalera y por sus peldaños trepó a la cima.
Mi alma me habló y me dijo: "No midas el tiempo diciendo: Hubo un ayer y habrá un mañana."
Antes de que mi alma me hablara creía que el pasado era una época que nunca volvería y que el futuro nunca podía ser alcanzado.
Ahora me doy cuenta de que el presente contiene a todo tiempo y que en el se encuentra todo lo que puede esperarse, todo lo realizado y todo lo cumplido.
Mi alma me habló exhortándome a no limitar el espacio diciendo: "Aquí, allí, allá."
Antes de que mi alma me hablara yo sentía que por cualquier parte que caminaba estaba lejos de todo otro espacio.
Ahora comprendo que en cualquier lugar que esté se encuentran todos los lugares y que la distancia que camino abarca todas las distancias.
Mi alma me enseñó a estar despierto mientras otros duermen y a entregarme al sueño cuando otros están en movimiento.
Antes de que mi alma me hablara yo no distinguía sus sueños al dormirse ni ellos advertían mis fantasías.
Ahora yo nunca zarpo en el buque de mis sueños a menos que ellos me vigilen, y ellos nunca se remontan por el cielo de sus fantasías a menos que yo las comparta en su libertad.

Mi alma me habló y dijo: "No te alegres con el elogio y no te angusties con el reproche."
Antes de que mi alma me aconsejara yo dudaba del mérito de mi trabajo.
Ahora me doy cuenta de que los árboles florecen en primavera y dan sus frutos en verano sin esperar elogio, y dejan caer sus hojas en otoño y quedan desnudos en invierno sin temor al reproche.
Mi alma me habló y me hizo ver que no soy más que el enano ni menos que el gigante.
Antes de que mi alma me hablara yo veía a la humanidad dividida en dos clases de hombres: una débil, de la que me compadecía, y una fuerte, a la que seguía o resistía desafiante.
Pero ahora aprendí que soy como ambos y estoy hecho de los mismos elementos. Mi origen es su origen, mi conciencia es su conciencia, mi pretensión su pretensión y mi peregrinaje su peregrinaje.

Mi alma me habló y me dijo: la linterna que llevas no es tuya y la canción que cantas no fue compuesta en lo profundo de tu corazón, porque aunque sostengas la luz no eres la luz, y aunque seas un laúd con las cuerdas tensas no eres el ejecutante.

Mi alma me habló, hermana, y me enseñó muchas cosas. Y tu alma también te ha hablado y también te ha enseñado. Porque tú y yo somos uno y no hay diferencia entre nosotros, salvo que yo haya proclamado lo que hay en mi ser íntimo, mientras tú lo guardas como un secreto de tu intimidad. Pero en tu reserva hay una especie de virtud.

VISIÓN

Cuando llegó la Noche y el Sueño desplegó su manto sobre la faz de la Tierra, abandoné mi lecho y caminé hacia el mar diciendo: "El mar nunca duerme, y en su vigilia hay consuelo para el alma despierta."
Cuando llegué a la playa, la bruma de las montañas había cubierto la región como un velo que adorna el rostro de una joven. Miré las múltiples olas y escuché la plegaria de Dios;
medité entonces sobre el poder eterno que ellas encierran, ese poder que se despliega con la tempestad, crece con el volcán, sonríe a través de los labios de las rosas y canta con los arroyos.
Entonces, sentados en una roca, vi tres espectros. Avancé a los tumbos, como si algún poder me empujara contra mi voluntad.
Me detuve a pocos pasos de ellos, como dominado aún por una fuerza mágica. Uno de los espectros se levantó en ese momento y, con una voz que parecía surgir del fondo del mar, dijo:
-La vida sin Amor es como un árbol sin flores ni frutos. Y el Amor sin Belleza es como una flor sin perfume o un fruto sin semilla... La Vida, el Amor y la Belleza son tres oersonas en una, que no pueden separarse ni cambiar.
Un segundo espectro, con voz, rugiente como agua torrentosa, dijo:
-La Vida sin Rebelión es como las estaciones sin primavera. Y la Rebelión sin justicia es como la primavera en un desierto árido... Vida, Rebelión y Justicia son una sola y no pueden cambiarse ni separarse.
El tercer espectro habló entonces con voz sonora como el resonar del trueno:
-La Vida sin Libertad es como un cuerpo sin alma, y la Libertad sin Reflexionar es como un espíritu confuso... Vida, Libertad y Reflexión son una sola y eterna y no pasan.
Luego los tres espectros se levantaron y con voz tremenda dijeron:

Lo que engendra el Amor
Lo que crea la Rebelión,
Lo que exalta la Libertar
Son tres manifestaciones de Dios
Y Dios es la expresión
De la inteligencia del Universo.

El susurro de alas invisibles y el temblor de cuerpos etéreos se mezcló entonces con el Silencio que prevaleció y se enseñoreó.
Cerré mis ojos y escuché el eco de lo que acababa de oír; cuando volví a abrirlos sólo vi el mar envuelto en niebla. Me acerqué a la roca en la que se habían sentado los tres espectros y encontré solamente un hilo de humo de incienso que trepaba hacia el cielo.

COMUNIÓN DE ESPÍRITUS

¡Despierta, amor, despierta!, que mi espíritu te saluda desde el otro lado del mar y te ofrece sus alas por encima de las olas furiosas.
Despierta, que el silencio suspendió el estruendo de las pezuñas de los caballos y de las pisadas de los caminantes. El sueño abrazó los espíritus de los hombres, pero yo, sólo yo, permanezco despierto: el deseo me redime del sueño que todo lo envuelve.
El amor acerca a ti, pero, entonces, me aleja la ansiedad. Amor mío, abandoné mi lecho atemorizado por el fantasma del olvido que se esconde entre las mantas.
¡Dejé de lado mi libro porque mis visiones acallaban las palabras y volvían blancas las páginas, para mis ojos! Despierta. Despierta, amor mío y escúchame.
¡Te oigo, amor! Oigo tu llamado del otro lado del mar y siento el dulce contacto de tus alas. Abandoné mi cama y caminé por el pasto, y el rocío de la noche mojó mis pies y el borde de mi vestido. Aquí estoy, bajo las flores del almendro, escuchando el llamado de tu espíritu.
Háblame, amor, y deja que tu hálito cabalgue sobre la brisa que me llega de los valles del Líbano. Habla, sólo yo escucho; la noche retiene en sus alcobas a todos lós demás.
Amor mío, el cielo tejió un velo de luz de luna y lo desplegó sobre el Líbano.
Con las sombras de la noche el cielo formó un grueso telón, forrado con el humo de los talleres y el soplo de la Muerte y lo colocó, amor mío, sobre la ciudad.
Los aldeanos se han dormido en sus chozas, rodeadas de sauces y nogales, sus espíritus, mi amor, ya partieron para la tierra de los sueños.
Los hombres se inclinan bajo el peso del oro y el empinado de hierba afloja sus rodillas. La inquietud y el aburrimiento oprime sus ojos, y los fantasmas del Miedo y la Desesperación los llevan a refugiarse en sus camas.
Los fantasmas de edades pasadas caminan por los valles y los espíritus de reyes y profetas rondan por montes y colinas. Mis visiones, guiadas por la memoria, me muestran el poder de los caldeos, el esplendor de los asirios y la nobleza de los árabes.
Por las siniestras callejuelas pasan los espíritus torvos de los ladrones; en las grietas de los muros aparecen las víboras de la lujuria, y el escalofrío de la enfermedad, mezclado con la agonía de la Muerte, se estremece por las calles. La memoria arrancó el velo del olvido de mis ojos y me muestran las abominaciones de Sodoma y los pecados de Gomorra.
Amor mío, las ramas se ,inclinan y su crujido se une al murmullo del arroyo en el valle, repitiendo para nuestros oídos los cánticos de Salomón, las melodías del arpa de David y los cantos de Ishak al-Mausili.
Tiemblan las almas de los niños hambrientos en sus casas; la visión de las madres acunando lechos de miseria y desesperación ya llegó al cielo. Sueños de ansiedad afligen los corazones de los enfermizos. Oigo sus amargos lamentos. La fragancia de las flores se mezcló con el punzante hálito de los cedros. Transportada ponla brisa juguetona por encima de las colinas, llena el alma con afecto e inspira ansias, de volar.
Pero también surgen las miasmas enfermas de los pantanos y, como agudas flechas secretas, penetran los sentidos y emponzoñan el aire.
Amor mío, ya llegó la mañana y los dulces dedos de la vigilia acarician los ojos de los soñadores. Los rayos de luz llaman a abrir las persianas y descubrir la determinación y gloria de la vida. Las aldeas, que se recuestan, pacíficas y tranquilas, sobre las espaldas del valle, despiertan de su sueño; las campanas de las iglesias llenan el aire con sus placenteros llamados a la plegaria matutina. Y desde las cuevas el repiqueteo se repite en eco, como si toda la Naturaleza se uniera en plegaria reverente. Los terneros ya abandonaron sus establos y las ovejas y las cabras sus cobertizos, para pacer en la hierba resplandeciente por el rocío. Los pastores les preceden, tocando su caramillo, y detrás van las doncellas, cantando como pájaros que saludan el nuevo día.
Y ahora la pesada mano del día se ha asentado sobre la ciudad. Ya se han corrido las cortinas de las ventanas,y las puertas están abiertas. En los talleres asoman los ojos fatigados y los rostros ojerosos de los trabajadores. Sienten que la muerte se inmiscuye en sus vidas, y en sus semblantes arrugados aparecen el Temor y la Desesperación. Almas anhelantes y apuradas congestionan las calles, y por todas partes se oye el repiqueteo del hierro, el rechinar de las ruedas y el silbido del vapor. La ciudad se ha vuelto un campo de batalla, en el que el fuerte domina al débil y el rico explota y tiraniza al pobre.
Qué hermosa es la vida, amor mío; es como el corazón del poeta, lleno de luz y ternura.
"Y qué cruel es la vida, amor mío; es como el corazón de un criminal, palpitante de vicio y temor.

BAJO EL SOL

Contemplé todas las obras que se hacen bajó el sol,
y he aquí que todas ellas son vanidad y aflicción
del espíritu.

Eclesiastés

¡Oh espíritu de Salomón, que rondas por el reino etéreo! Tú, que desechaste los harapos de la materia y dejaste detrás de ti esas palabras que, nacidas de la debilidad y la miseria, desalientan a quienes aún son prisioneros de sus cuerpos.
Tú sabes que esta vida tiene un sentido que la Muerte no oculta. Pero ¿cómo puede acceder la humanidad a un conocimiento que sólo se logra cuando el alma se libera de las ataduras?
Ahora comprendes que la vida no es una aflicción del espíritu, que no todo lo que se hace bajo el sol es vanidad, que de algún modo todo se dirigió siempre y siempre se diri. gira hacia la Verdad. Nosotros, miserables criaturas aceptamos tu decir terrenal como palabras de gran sabiduría. Sin embargo son puertas que oscurecen la mente y anulan la esperanza.
Ahora comprendes que la ignorancia, la maldad y el despotismo tienen sus causas y que la Belleza es revelación de la sabiduría, producto de la virtud y fruto de la justicia.
Ahora sabes que el dolor y la pobreza purifican el corazón del hombre; aunque nuestras débiles voluntades no. ven en el universo nada de más valor que el ocio y la felicidad.
Ahora puedes ver que el espíritu avanza hacia la luz a pesar de las privaciones terrenas. Sin embargo repetimos tus palabras,- que. enseñan que un hombre no es más que un juguete en manos de lo desconocido.
Te has lamentado de haber sembrado en nuestros corazones desaliento frente a la vida en el mundo y temor frente a la vida en el más allá. 'Sin embargo, seguimos prestando oídos a tus palabras mundanas.
¡Oh espíritu de Salomón, que ahora habitas la Eternidad! Manifiéstate a los amantes de la sabiduría y enséñales a no transitar el sendero de la herejía y la miseria. Quizás sirva como reparación por un error no intencional.

UNA MIRADA AL FUTURO


Desde atrás del muro del Presente oí los himnos de la humanidad. Oí el sonido de las campanas que anunciaban el comienzo de la plegaria en el templo de la Belleza. Campanas moldeadas con el metal de la emoción y suspendidas sobre el altar sagrado, el corazón humano.
Desde atrás del Futuro vi multitudes que cumplían con su culto en el seno de la Naturaleza, sus rostros vueltos al Oriente, esperando la inundación de la luz de la mañana, la mañana de la Verdad.
Vi la ciudad en ruinas y que nada quedaba para hablar al hombre de la derrota de la Ignorancia y del tiempo de la Luz.
Vi a los ancianos sentados a la sombra de los cipreses y de los sauces, rodeados por jóvenes que oían sus narraciones de otros tiempos.
Vi a los jóvenes rasgueando sus guitarras y tocando sus caramillos, y a las doncellas bailando bajo los jazmines, con las trenzas al viento.
Vi a los hombres cosechando trigo y a sus esposa reuniendo las gavillas y cantando alegres canciones.
Vi a una mujer que se adornaba con una corona de lilas. Vi que la amistad entre el hombre y todas las criaturas se estrechaba, y familias de pájaros y mariposas, confiadas y seguras, que volaban hacia los arroyos.
Vi que no había pobreza; tampoco encontré exceso. Vi que la fraternidad y la igualdad reinaban entre los hombres.
Vi que no había médicos, porque cada uno tenía los medios y el conocimiento para curarse a sí mismo.
Encontré que no había sacerdotes, porque la conciencia había llegado a ser el Supremo Sacerdote. Tampoco vi abogados, porque la Naturaleza había tomado el lugar de los tribunales y regían tratados de amistad y unión.
Vi que el hombre sabía que él es la piedra fundamental de la creación y que se ha elevado por encima de la pequeñez y bajeza y ha arrancado el velo de la confusión de los ojos del alma. Este alma ahora lee lo que las nubes escriben en el cielo y lo que la brisa dibuja sobre la superficie del agua; ahora entiende el significado del perfume de las flores y las modulaciones del ruiseñor.
Desde atrás del muro del Presente, sobre la plataforma de las edades venideras, vi a la Belleza como a una novia y al Espíritu como a un novio; la Vida era la Noche ceremonial del Kedre.

LA DIOSA DE LA FANTASIA

Y después de un fatigoso viaje, llegué a las ruinas de Palmira. Exhausto, caí sobre la hierba que crecía entre las columnas rotas y arrasadas por el tiempo, semejantes a restos abandonados por ejércitos invasores.
Al caer la tarde, cuando el oscuro manto de silencio abrazaba a todas las criaturas, sentí un extraño perfume en el aire, tan fragante como el incienso y tan embriagador como el vino. Mi espíritu se abrió para libar ese néctar etéreo. Pareció entonces que una pesada mano presionaba mis sentidos: mis párpados pesaron mientras mi espíritu se sentía libre de sus cadenas.
Entonces la tierra tambaleó a mis pies, el cielo tembló encima de mí y me vi levantado como por un poder mágico. Me encontré entonces en una pradera como nadie nunca había imaginado, en medio de una multitud de vírgenes que no usaban otros vestidos que la belleza que Dios les había dado. Caminaron alrededor de mí, pero sus pies no tocaban la hierba. Cantaron himnos que expresaban sueños de amor. Cada doncella tocaba un laúd de marfil con cuerdas de oro.
Me encontré en un gran claro en cuyo centro se hallaba un trono tachonado con piedras preciosas e iluminado por los rayos del arco iris. A sus lados había doncellas que levantaban sus voces mientras miraban hacia el sitio de donde provenía un perfume de mirra e incienso. Los árboles estaban en flor y, de entre sus ramas, cargadas de capullos, apareció una reina que caminó majestuosamente hacia el trono. Al sentarse, una bandada de palomas blancas como la nieve descendió y se ubicó en torno de sus pies, formando una medialuna, mientras las doncellas cantaban himnos de gloria. Y yo permanecí mirando lo que los ojos de ningún hombre habían visto.
Entonces la reina hizo una señal que movió a silencio. Con voz que provocó en mi espíritu un estremecimiento similar al de las cuerdas del laús en manos de un músico, dijo:
-Hombre, te he llamado porque soy la Diosa de la Fantasía. Te he concedido el honor de presentarte ante mí, la Reina de las praderas de los sueños. Escucha mis órdenes, porque te designo para que las prediques a toda la raza humana: explica a los hombres que la ciudad de los sueños es una fiesta de casamiento a cuya puerta se halla de guardia un poderoso gigante. Nadie puede entrar si no usa ropas de casamiento. Haz saber que esta ciudad es un paraíso cuyo centinela es el ángel del Amor; ningún ser humano puede entrar si no lleva inscripto en la frente el signo del Amor. Descríbeles estos hermosos campos, cuyos ríos fluyen con néctar y vino, cuyos pájaros navegan por los cielos y cantan con los ángeles. Describe el perfume aromático de sus flores y comunica que sólo el Hijo del Sueño puede pisar su muelle pasto.
"Haz saber que di al hombre una copa de alegría, pero que él, en su ignorancia, la derramó. Entonces los angeles de la Oscuridad penaron la copa con el brebaje de la aflicción, que el hombre bebió hasta embriagarse.
"Di que nadie puede tocar la lira de la Vida a menos que yo haya bendecido sus dedos y que la visión de mi trono haya santificado sus ojos.
"Isaías escribió palabras sabias como collar de piedras preciosas. montado en la cadena de oro de mi amor. San Juan refirió su visión en mi nombre y Dante pudo explorar el puerto de las almas sólo con mi guía. Soy una metáfora que abarca la realidad y soy la realidad que revela la unidad del espíritu y un testigo que confirma los hechos de los dioses.
"En verdad te digo que las ideas tienen una morada superior al mundo visible y que en sus cielos no navegan las nubes de fa sensualidad. La imaginación se abre camino al reino de los dioses, donde el hombre puede vislumbrar lo que hay después de la liberación del alma del mundo de la sustancia. Y la diosa de la Fantasía me atrajo hacia ella con su magica mirada, imprimió un beso sobre mis labios ardientes y dijo:
-Proclama que quien no pasa sus días en el reino de los sueños es esclavo de los días.
Luego las voces de las vírgenes se alzaron nuevamente y la columna de incienso ascendió. Entonces la tierra comenzó a tambalear nuevamente y el, cielo tembló y súbitamente me encontré otra vez entre las tristes ruinas de Palmira.
El amanecer, sonriente, ya se había hecho presente, y entre mi lengua y mis labios se hallaban las palabras "Quien no pasa sus días en el reino de los sueños es esclavo de los días."

HISTORIA Y NACIÓN

A orillas de un arroyo que serpenteaba entre las rocas, al pie del Monte Líbano, se sentó una pastora, rodeada por su rebaño de ovejas flacas que pacían la hierba' seca. Miró hacia el crepúsculo distante como si el futuro estuviera pasando por delante de ella; las lágrimas habían enjoyado sus ojos como gotas de rocío que adornan las flores. La pena le había entreabierto los labios para penetrar en ella y ocupar su corazón suspirante.
Después de la puesta del sol, cuando lomas y sierras se ocultaban entre las sombras, la Historia se plantó ante la doncella. Era un anciano cuyo cabello blanco caía como nieve sobre su pecho y sus hombros y en su mano derecha llevaba una hoz afilada. Con voz rugiente como el mar dijo:
-La paz sea contigo, Siria.
La doncella se levantó, temblando temerosa, y preguntó:
-¿Qué quieres de mí, Historia?-Señaló entonces a sus ovejas y dijo:-Esto es lo que queda de un saludable rebaño que una vez llenó este valle. Esto es todo lo que tu codicia me dejó. ¿Ahora has venido a saciar tu gula en ello?
"Tus pies atropelladores pisotearon estas tierras que una vez fueron tan fértiles hasta reducirlas a polvo estéril. Mis ovejas, que antes pacían flores y producían leche abundante, roen ahora cardos que las dejan flacas y secas.
"Ten temor de Dios, Historia, y no me aflijas más. Tu sola presencia me ha llevado a detestar la vida y la crueldad de tu hoz me hizo amar a la Muerte.
"Deja que en mi soledad apure la copa de la amargura, mi mejor vino. Vete, Historia, al Occidente, donde se celebra la fiesta de matrimonio de la vida. Deja que aquí lamente el desamparo en que me has dejado.
Escondiendo la hoz entre los pliegues de su vestidura, la Historia la miró como un padre amante a su hijo y dijo:
-Oh Siria, lo que he tomado de ti eran mis propios dones. Debes saber que las naciones hermanas tienen derecho a parte de la gloria que era tuya. Debo darles lo que te di. Tu condición es como la de Egipto, Persia o Grecia, porque todas ellas tienen rebaños flacos y pastos secos. Oh Siria,, lo que llamas degradación es un sueño indispensable del que sacarás fuerzas. La flor vuelve a la vida a través de la muerte y el amor no florece sino después de la separación.
El anciano se acercó a la doncella, le extendió la mano y dijo:
-Estrecha mi mano, Hija de los Profetas.
Y ella estrechó su mano y lo miró desde atrás de un velo de lágrimas y dijo:
-Adiós, Historia, adiós.
-Hasta que nos volvamos a encontrar, Siria -respondió él-, hasta que nos volvamos a encontrar.
Y el anciano desapareció como repentino relámpago, y la pastora llamó a sus ovejas y retomó su camino diciendo para sí misma: "¿Habrá realmente otro encuentro?"

EL ANIMAL SILENCIOSO

En la mirada del animal silencioso hay un discurso que sólo el alma del sabio puede comprender verdaderamente.

un poeta indio

En el crepúsculo de un hermoso día, cuando la fantasía se apodera de mi mente, pasé por el borde de la ciudad y me detuve ante las ruinas de una casa abandonada, de la que sólo quedaban las piedras.
Entre las ruinas vi un perro que yacía sobre suciedad y cenizas. Su piel estaba cubierta de úlceras y la enfermedad atormentaba su cuerpo débil. Sus ojos tristes miraban una y otra vez al sol poniente y expresaban humillación, desesperanza y miseria.
Me acerqué a él con el deseo de saber el lenguaje animal para que mi compasión pudiera consolarlo. Pero solo logré aterrorizarlo, e intentó levantarse sobre sus patas paralizadas. Cayéndose, me echó una mirada en la que se mezclaba la ira impotente con la súplica. En esa mirada había un discurso más lúcido que el del hombre y más conmovedor que las lágrimas de la mujer. Esto es lo que entendí que decía:
-Hombre, sufrí la enfermedad que causó tu brutalidad y persecución.
"Huí de tú pie rudo y me refugié aquí, porque el polvo y las cenizas son más dulces que el corazón del hombre y estas ruinas menos tristes que su alma. Vete, intruso del mundo del desgobierno y la injusticia.
"Soy una miserable criatura que sirvió al hijo de Adán con fe y lealtad. Era el más fiel compañero del hombre; lo cuidaba noche y día. Me afligía en su ausencia y lo recibía con alegría a su regreso. Me contentaba con las migajas que caían de su mesa y me alegraba con los huesos que sus dientes habían despojado de carne. Pero cuando me volví viejo y enfermo, me sacó de su hogar y me abandonó a los despiadados jóvenes de las callejuelas.
"Oh hijo de Adán, veo el paralelismo que existe entre mi caso y el de tus prójimos imposibilitados por la edad. Hay soldados que lucharon por su país cuando estaban en la flor de la vida y que luego labraron su suelo. Pero ahora que ha llegado el invierno de sus vidas y ya no son útiles se ven desechados.
"También veo un parecido entre mi suerte y la de una mujer que, en los días dé su adorable juventud, alegró el corazón de un joven y que después, como madre, dedicó su vida a sus hijos. Pero ahora, ya anciana, es ignorada y eludida ¡Qué tiránico eres, hijo de Adán. Y qué cruel!
Así habló el silencioso animal, y mi corazónlo comprendió

POETAS Y POEMAS

Si mis hermanos los poetas se hubieran imaginado que los collares de versos que compusieron y que las estrofas que formaron y reunieron algún día serían riendas para contener el talento, habrían roto sus manuscritos.
Si Al-Mutanabbi el profeta, hubiera profetizado y Al Fard, el vidente, hubiera previsto que lo que ellos habían escrito llegaría a ser fuente donde beben quienes no tienen nada que decir y guía forzada para nuestros poetas de hoy, habrían derramado su tinta en el pozo del Olvido y habrían roto sus plumas con manos negligentes.
Si los espíritus de Homero, Virgilio, Al-Maary y Milton hubieran sabido que la poesía se convertiría en el perrito faldero del rico, habrían renegado de un mundo en el que eso pudiera ocurrir.
Me aflige oír el lenguaje de los espíritus bastardeado por la lengua de los ignorantes. Cuando veo que el vino de las musas se derrama por la pluma de los pretensiosos siento que mi alma desfallece.
Tampoco me encuentro aislado en el valle del Resentimiento, porque soy sólo uno de los muchos que ven que la rana se hincha para imitar al búfalo.
La poesía, queridos amigos, es la encarnación sagrada de una sonrisa. La poesía es un suspiro que seca las lágrimas. La poesía es un espíritu que mora en el alma; su alimento es el corazón y su vino el afecto. La poesía que no se presenta así es un falso mesías.
¡Oh espíritus de los poetas, que veláis por nosotros desde el cielo de la Eternidad!, nos dirigimos a los altares que habéis adornado con las perlas de vuestros pensamientos y las gemas de vuestras almas porque estamos oprimidos por el repiqueteo del acero y el estruendo de las fábricas. Por eso nuestros poemas son tan pesados como trenes de carga y tan fastidiosos como silbatos de locomotoras.
Y vosotros, verdaderos poetas, olvidadnos. Pertenecemos al Nuevo Mundo, en el que los hombres corren tras de bienes terrenos y en el que, hoy, la poesía también es una mercancía y no un hálito de inmortalidad.

ENTRE LAS RUINAS

La luna desplegó su diáfano velo sobre los Jardines de la Ciudad del Sol y el silencio cubrió a todos los seres. Los palacios derrumbados miraban amenazadoramente, como monstruos despectivos.
A esa hora dos fantasmas, como vapor que emerge de las aguas del lago, se sentaron sobre una columna de mármol, examinando la escena, que parecía mágica. Uno de ellos levantó la cabeza y, con una voz que retumbó en ecos, dijo:
-Estos son los restos de los templos que construí para ti, mi amor, y estas las piedras de un palacio que levanté para tu alegría. No queda nada más que hable a las-naciones de la gloria a la que dediqué mi vida y de la pompa por la que exploté al débil.
"Amor mío, piensa y reflexiona acerca de los hechos que finalmente vencieron sobre mi ciudad y en torno del Tiempo que destruyó mis esfuerzos.
"El olvido ya borró el imperio que establecí: de él sólo quedan los átomos de amor que creó tu belleza y los efectos de la belleza que animó tu amor.
"Erigí un templo en Jerusalén; los sacerdotes lo santificaron, pero el tiempo lo destruyó. Sin embargo, Dios consagró el altar que, para el amor, construí en mi corazón; allí se mantiene a salvo de los poderes de la destrucción.
"Los hombres dijeron de mí: ‘Qué rey sabio’; los ángeles, en cambio: ‘Qué insignificante es su sabiduría.’ Pero los ángeles se alegraron cuando te encontré, amor mío, y cantaron para ti el cántico de Amor y deseo; sin embargo, los hombres no oyeron mi himno...
"Los días de mi reino eran barrera que impedía que comprendieran al Amor y la belleza de la vida, pero cuando te vi. despertó el Amor y derribó esas barreras; entonces lamenté la vida que había perdido pensando que todo lo que existía bajo el sol era vanidad.
"Cuando el Amor me iluminó, me volví humilde, tanto ante las tribus que habían temido mi poder militar como ante mi propio pueblo.
"Pero cuando llegó la muerte, enterró mis armas mortíferas en la tierra y condujo mi amor hacia Dios.
Y el otro fantasma dijo:
-Tal como la flor adquiere vida y perfume aromático che la tierra, el alma saca sabiduría y fuerza de la debilidad y los errores de la materia.
Entonces, ambos, fundidos en uno, se fueron diciendo:

La Eternidad sóla salva al Amor,
Porque el Amor es como la Eternidad.

A LA PUERTA DEL TEMPLO

Para hablar del Amor purifiqué mis labios con el fuego sagrado, pero no pude encontrar palabras adecuadas.
Cuando conocí el amor, las palabras se diluyeron en un lánguido jadeo y el canto de mi corazón en un profundo silencio.
¡Oh vosotros que me habéis preguntado acerca del Amor, vosotros, a los que persuadí de sus misterios y maravillas, ahora, desde que el Amor me envolvió con su velo, tengo que preguntaros sobre el rumbo del Amor y su mérito.
¿Quién puede responder a mis preguntas? Pregunto sobre lo que hay en mi interior: quiero enterarme por mí mismo. ¿Quién de vosotros puede revelarme a mí mismo mi yo más profundo, mi alma a mi alma?
Decidme, por el amor de Bios, qué es la llama que arde en mi corazón devorando mis fuerzas y anulando mi voluntad. ¿Qué son esas suaves y ásperas manos escondidas que aprietan mi alma; qué es ese vino que, mezcla de felicidad y dulce pena, baña mi corazón?
¿Qué son esas alas que rondan mi almohada en el silencio de la noche, manteniéndome despierto mirando nadie sabe a qué?
¿Qué es ese algo invisible en el que clavo la mirada, qué ese algo incomprensible que rumio, qué el sentimiento que no puede ser percibido?
En mis visiones hay un sentimiento más hermoso que el eco dula risa y más arrobador que la felicidad.
¿Por qué me rindo a un poder desconocido que me mata y me vuelve a la vida hasta que apunta la aurora y llena mi habitación con su luz?
Los fantasmas de la vigilia tiemblan entre mis párpados secos y las sombras de los sueños rondan mi duro lecho. ¿Qué es lo que llamamos Amor? Decidme, ¿qué es ese secreto escondido en el tiempo que afecta todos los sentidos? ¿Qué es ese sentido que aparece a la vez como origen y resultado de todo?
¿Qué es esta vigilia que de la vida y la muerte hace un sueño más extraño que la vida y más grave que la muerte? Decidme, amigos, ¿alguno de vosotros no despertaría del sueño de la Vida si el Amor tocara su alma con la punta de su dedo?
¿Quién de vosotros no abandonaría padre y madre al llamado de la doncella amada de su corazón?
¿Quién de vosotros no navegaría mares distantes, cruzaría desiertos y treparía el pico más alto para encontrarse con la mujer que su alma eligió?
¿Qué alma juvenil no seguiría hasta el fin del mundo a la doncella que con su hálito aromático, su dulce voz y manos mágicamente suaves enajenó su alma?
¿Qué ser no quemaría su corazón como incienso ante un dios que escucha sus súplicas y accede a sus plegarias?
Ayer me detuve a la puerta del templo e interrogué a quienes pasaban sobre el misterio y el mérito del Amor.
Y por delante de mí pasó un anciano de rostro delgado y melancólico que suspiró y dijo:
-El amor es una debilidad natural que nos legó el primer hombre.
Pero un joven viril replicó:
-El amor une nuestro presente con el pasado y el futuro. Entonces una mujer de cara trágica agregó:
-El amor es un veneno mortífero que inyectan víboras negras que se arrastran desde las cuevas del inrierno. El veneno parece fresco como el rocío y el alma sedienta lo bebe anhelante; después de una pasajera embriaguez, el bebedor enferma y muere una muerte lenta.
Luego, una jovencita de mejillas rosadas dijo sonriendo:
-El amor es el vino que sirven las novias del amanecer: fortifica las almas fuertes y les permite ascender a las estrellas. Después de ella, un hombre vestido de negro y con barba, frunciendo el ceño arguyó:
-El amor es la ciega ignorancia con la que comienza y termina la juventud.
Otro, sonriendo, declaró:
-El amor es un conocimiento divino que permite que el hombre vea tanto como los dioses.
Tanteando el camino con su bastón, un ciego dijo entonces:
-El amor es una niebla enceguecedora que impide que el alma perciba el secreto de la existencia, de modo que el corazón sólo ve fantasmas temblorosos de deseo entre los cerros y sólo oye ecos de gritos en los valles mudos.
Un joven, tocando su viola, cantó:
-El amor es un rayo mágico que emite el núcleo ardiente del alma y que ilumina la tierra circundante. Hace que percibamos la vida como un hermoso sueño entre un despertar y otro.
Y un anciano enfermizo, que arrastraba sus pies como andrajos, dijo temblorosamente:
-El amor es el descanso del cuerpo en el silencio de la tumba, la tranquilidad del alma en el abismo de la Eternidad. Después dé él, un niño de cinco años afirmó riendo:
-El amor es mi papá y mi mamá y nadie conoce el amor más que mi papá y mi mamá.
Y así cada uno de los que pasó dio del Amor la imagen de sus esperanzas y frustraciones, dejándolo en el misterio como antes.
Entonces oí una voz en el interior del templo:
-La vida está dividida en dos mitades, una helada, la otra ardiente.; la mitad ardiente es el Amor.
Luego entré al templo, me arrodillé y alegrándome, recé:

Haz de mí, oh Dios, comida
Para la llama inflamada...
Haz de mí, oh Señor, alimento
Para el fuego sagrado... Amén.

NARCÓTICOS Y ESCALPELOS

"Es inmoderado y fanático hasta la locura. Aunque es un idealista, su finalidad literaria consiste en envenenar la mente de los jóvenes... Si hombres y mujeres siguieran los consejos de Gibran sobre el matrimonio, se romperían los lazos familiares, la sociedad sucumbiría y el mundo se volvería un infierno poblado de diablos y demonios.
"Su estilo es hermosamente seductor, lo que significa el peligro de este inveterado enemigo de la humanidad. A los habitantes de esta montaña sagrada (el monte Líbano) les aconsejamos que rechacen las insidiosas enseñanzas de este hereje anarquista y que quemen sus libros, para que sus doctrinas no lleven por el mal camino a los inocentes. Leímos Alas Rotas y verificamos que era veneno cubierto de miel."
Eso es lo que la gente dice de mí, y está en lo cierto, porque soy muy fanático y siendo predilección tanto por la destrucción como por la construcción. Mi corazón odia lo que mis detractores santifican y ama lo que ellos rechazan. Y si pudiera desarraigar algunas costumbres, creencias y tradiciones de la gente, lo haría sin dudar. Cuando afirman que mis libros son un veneno, dicen la verdad, porque lo que yo digo es veneno para ellos. Pero mienten cuando dicen que lo mezclo con miel, porque yo uso el veneno en toda su potencia y lo sirvo en un vaso transparente. Los que me llaman dealista que anda en las nubes son los mismos que se alejan del vaso transparente que contiene lo que llaman veneno, porque saben que sus estómagos no lo resisten.
Puede sonar truculento, pero ¿acaso la truculencia no es preferible a la simulación seductora?
Los pueblos del Oriente quieren que el escritor sea como una abeja y esté siempre libando miel. Glotones de mil, la prefieren a cualquier otro alimento.
Los pueblos del Oriente quieren que sus poetas se quemen como incienso ante sus sultanes. Los cielos orientales están nauseabundos de incienso, pero los pueblos de Oriente no tienen bastante.
Quieren que el mundo aprenda su historia, estudie sus antigüedades, costumbres y tradiciones y qué adquiera su lengua. También cuentan con que los que los conocen no repetirán las palabras de Baidaba el filósofo, Ben Rished, Ephraim Al-Cyriani y Juan de Damasco.
Los pueblos del Oriente, en síntesis, quieren hacer de su pasado una justificación y un lecho de ocio. Huyen del pensamiento positivo y de las enseñanzas positivas y de cualquier conocimiento de la realidad que pueda aguijonearlos y despertarlos de su sueño.
El Oriente está enfermo, pero está tan acostumbrado a sus dolencias que ha llegado a considerarlas naturales y hasta nobles cualidades que lo distinguen de otros pueblos.
Considera que quien no tiene esas cualidades está incompleto y es inepto para recibir el don divino de la perfección.
En Oriente los médicos de la sociedad son muchos, y muchos los pacientes que siguen sin curarse, pero parecen aliviados de sus enfermedades porque se encuentran bajo los efectos de narcóticos sociales. Pero esos tranquilizantes ¡ólo enmascaran los síntomas.
Varias son las fuentes de las que se destilan esos narcóticos, pero la principal es la filosofía oriental de la sumisión al destino (la obra de Dios). Otra fuente es la cobardía de los médicos sociales qué temen aumentar el dolor administrando medicinas drásticas.
Vayan algunos ejemplos de esos tranquilizantes sociales: Una pareja de esposos descubre que, por razones sustanciales, el odio ha reemplazado al amor entre ellos. Después de un largo tormento, mutuo se separan. Inmediatamente sus padres se reúnen y llegan a algún acuerdo para reconciliar a la pareja deshecha. Primero acosan a la mujer con falsedades; luego ablandan al marido con engaños similares. No convencen a ninguno de los dos, pero ambos se humillan en una ficción de paz. Sin embargo, esta situación no dura: los efectos del narcótico social se disipan pronto y la miserable pareja vuelve por nuevas dosis.
O bien un grupo o un partido se rebela contra un gobierno despótico y propone reformas políticas para liberar de sus cadenas a los oprimidos. Distribuye manifiestos, pronuncia feroces discursos y publica artículos punzantes. Pero al mes siguiente nos enteramos de que el gobierno puso preso a su dirigente o lo silenció dándole un importante rango. Y no se oyó más nada.
O una secta se rebéla contra su jefe religioso, acusándolo de cometer delitos y amenazando con adoptar otra religión, más humana y libre de supersticiones. Pero poco después nos enteramos de que los hombres sabios del país lograron la reconciliación del pastor y la grey aplicando narcóticos sociales.
Criando un débil se queja de la opresión del fuerte, su prójimo lo calmará: "Calla y alégrate, así lo dispone el Destino."
Cuando un aldeano duda de la santidad del sacerdote, le dirán: "Atiende sólo a sus enseñanzas y olvida sus defectos y fechorías."
Cuando un maestro reprende a un estudiante, suele decir: "Las excusas que inventa un joven perezoso suelen ser, peores que el mismo delito."
Si una hija se niega a adherir a las costumbres de la madre, ésta dirá: "La hija no es mejor que la madre: en consecuencia debe seguir los pasos maternos."
Si un joven pide a un sacerdote que le explique el significado de un viejo rito, el predicador lo reprobará, diciendo: "Hijo, el que no mire la religión con los ojos de la fe no verá nada más que niebla y humo."
De ese modo el Oriente descansa sobre su lecho mullido. El que duerme despierta un momento cuando lo pica una pulga y:luego retoma su sueño narcótico.
Y si alguien intenta despertarlos, los que duermen lo acusan de comportarse groseramente y de no dormir ni dejar dormir. Luego cierran nuevamente los ojos y susurran a los oídos de sus almas: "Es un infiel que envenena la mente de los jóvenes y socava los fundamentos eternos."
Muchas veces pregunté a mi alma: "¿Soy uno de esos rebeldes despiertos que rechazan los narcóticos?" Y mi alma respondió crípticamente. Pero cuando oigo que injurian mi nombre y mis principios, me siento seguro de que estoy despierto y de que puedo contarme entre los que no se rinden a los sueños de la droga, que pertenezco a aquellos fuertes de corazón que caminan por senderos estrechos y espinosos en los que también se pueden encontrar flores, en medio de lobos que aúllan y de ruiseñores que cantan.
Si el despertar fuera una virtud, la modestia me impediría proclamarla. Pero no es una virtud sino una realidad que aparece súbitamente a quienes tienen la fuerza de levantarse. Ser modesto al decir la verdad es una hipocresía. Pero los orientales lo llaman educación.
No me sorprendería que los "pensadores" dijeran de mí: "Es un hombre que predica excesos y ve el lado malo de la vida; sólo aporta tinieblas y lamentos."
A ellos respondo: "Deploro vuestra actitud oriental que evade la realidad de la debilidad y el dolor.
"Me aflige cuando veo que mi querido país canta, pero no de alegría sino para detener los estremecimientos de temor.
"En la lucha contra el demonio, el exceso es bueno. Porque el que es moderado en el anuncio de la verdad presenta la verdad a medias. Oculta la otra mitad por temor a la cólera de la gente.
"Detesto la inteligencia que se alimenta de zarroña; su hedor trastorna mi estómago y no la agasajaré con dulces ni licores.
"Sin embargo, cambiaría alegremente mis gritos por joviales carcajadas, pronunciaría elogios en lugar de acusaciones, reemplazaría el exceso por la moderación siempre y cuando vosotros me mostrarais un gobernante justo, un abogado íntegro, un jerarca religioso que practique lo que predica, un marido que cuide a su mujer como a sí mismo.
"Si quieres que baile, que haga sonar la trompeta o batir el tambor, invítame a una fiesta de bodas y apártame del cementerio."

FUERA DE LA TIERRA

Colérica y violentamente la tierra sale de la tierra
Y graciosa y majestuosamente la tierra camina sobre la tierra.
La tierra construye palacios con la tierra y erige torres y Templos.
Y la tierra en la tierra urde leyendas, doctrinas y leyes.
La tierra, entonces, se cansa de las acciones de la tierra
Y se corona con su aureola, sueños y fantasías.
Y el sueño de la tierra seduce a los ojos de la tierra,
Que descansan largamente.
Y la tierra llama- a la tierra:
"Soy el útero y el sepulcro
Y seré útero y sepulcro
Hasta que los planetas ya no existan
Y el sol se diluya en cenizas."

TIERRA

¡Qué hermosa eres, Tierra, y qué sublime!
¡Qué perfecta es tu obediencia a la luz
Y qué noble tu sumisión al sol!
¡Qué adorable eres, velada en la sombra,
Y qué encantador es 'tu rostro, cubierto por la oscuridad!
¡Qué reconfortante es el cántico de tu amanecer
Y qué ásperas las loas de tu atardecer!
¡Qué perfecta eres, Tierra, y qué majestuosa!

Caminé por tus praderas y trepé tus montañas pedregosas,
Descendí a tus valles
Y entré a tus cavernas.
En las praderas encontré tu sueño,
En la montaña tu orgullo,
En.el valle fui testigo de tu tranquilidad,
En las rocas, de tu resolución,
En las cavernas, de tu secreto.
Eres débil y poderosa y humilde y arrogante:
Eres flexible y rígida. Diáfana y secreta.
Surqué tus mares y exploré tus ríos y seguí tus arroyos.
Oí a la Eternidad hablar en los flujos y reflujos de tus aguas
Y a los tiempos repetir tus cantos entre las colinas.
Oí a la vida llamando a la vida
En tus pasos montañosos
Y a lo largo de -tus laderas.
Eres boca y labios de la Eternidad,
Nervio y dedos del Tiempo,
Misterio y solución de la Vida.
Tu Primavera me despertó y me llevó a los campos,
Donde tu aliento perfumado se expande como incienso.
Vi los frutos de tu tarea veraniega.
En otoño,
Vi tu sangre fluir como vino en los viñedos.
El invierno me condujo a tu cama,
En la que la nieve da testimonio de tu pureza.
En tu primavera eres una esencia aromática;
En tu verano generoso;
En otoño fuente de abundancia.
Una noche calma y clara
Abrí las puertas y ventanas de mi alma:
Salí a verte.
Tenso el corazón de deseo y anhelos.
Y te vi con la vista clavada en las estrellas,
Que te sonreían.
Y tiré mis cadenas
Porque encontré que la vivienda del alma es tu espacio.
Sus deseos crecen con tus deseos,
Su paz se encuentra en tu paz,
Y la felicidad
En el dorado polvo que las estrellas esparcen sobre tu cuerpo.
Una noche,
Cuando las estrellas se volvían grises,
Y mi alma estaba cansada y ansiosa,
Salí hacia ti.
Y te me apareciste como urí gigante,
Armada con furiosas tempestades,
Combatiendo el pasado con el presente,
Reemplazando lo viejo con lo nuevo
Y dejando que el fuerte dispersara al débil.
Entonces aprendí que la ley del pueblo es nuestra ley.
Aprendí que quien no rompe sus ramas secas con su tempestad
Morirá aburrido,
Para despojarse de sus hojas secas,
Perecerá lentamente.
Qué generosa eres,
Y qué poderosa es tu añoranza
Por tus hijos,
Perdidos entre lo que alcanzaron,
Y lo que no pudieron obtener.
Nosotros gritamos y tú sonríes
¡Nosotros pasamos, pero tú quedas!
Nosotros blasfemamos y tú santificas
Nosotros dormimos sin soñar,
Pero tú sueñas en tu vigilia eterna.
Nosotros atravesamos tu pecho con espadas y lanzas
Y tú curas nuestras heridas con aceite y bálsamo.
Nosotros sembramos tus campos de huesos y calaveras,
Y tú, de ellos, levantas cipreses y sauces.
Nosotros vaciamos nuestros desperdicios en tu seno
Y tú llenas nuestros campos segados con gavillas de trigo
Y nuestros lagares con uvas.
Nosotros extraemos tus entrañas para hacer cañones y bombas,
Pero con nuestras entrañas tú creas lirios y rosas.
¡Qué sufrida eres, y qué misericordiosa!
¿Eres un átomo de polvo
Que levantó el pie de Dios
Cuando recorrió el Universo, de Este a Oeste?
¿O una chispa,
Proyectada del horno de la Eternidad?
¿Eres una semilla
Abandonada en el campo del firmamento
Para llegar a ser el árbol de Dios
Que alcance los cielos con sus ramas celestiales?
¿O eres una gota de sangre
En las venas del gigante entre los gigantes,
O una perla de sudor en su frente?
¿Eres una fruta madurada por el sol?
¿Creces del árbol del Conocimiento Absoluto
Cuyas raíces se extienden por la Eternidad
Y cuyas ramas se remontan al Infinito?
¿Eres una joya
Que el Dios del Tiempo colocó en la palma del Dios del Espacio?
¿Quién eres, Tierra, y qué eres?
¡Tú eres "yo", Tierra!
Tú eres mi vista y mi discernimiento.
Tú eres mi conocimiento y mi sueño.
Tú eres mi hambre y mi sed.
Tú eres mi tristeza y mi alegría.
Tú eres mi descuido y mi alerta.
Tú eres la belleza que vive en mis ojos,
El deseo de mi corazón,
La vida eterna de mi alma.
Tú eres "yo", Tierra.
Si no fuera por mi existencia,
Tú no existirías.

PERFECCIÓN

Hermano,
Me preguntas cuándo alcanzará la perfección el hombre.
Te respondo.
El hombre se acerca a la perfección
Cuando siente que es un espacio infinito,
Un mar sin orillas.
Un fuego eterno, una luz inextinguible.
Un viento calmo o una tempestad rabiosa,
Un cielo tronante o un firmameíito lluvioso.
Un arroyo cantarín o un riachuelo gimiente,
Un árbol florido en primavera
O un brote desnudo en otoño.
Una montaña altiva o un valle profundo.
Una fértil pradera o un desierto.
Cuando el hombre siente todo esto
Ya ha recorrido la mitad del camino hacia la perfección.
Para lograr su objetivo debe comprender,
En consecuencia,
Que es un niño que depende de su madre,
Un padre responsable por su familia,
Un joven entregado al amor,
Un anciano que lucha con su pasado,
Un fiel en su templo,
Un criminal en prisión
Un estudioso entre sus papeles,
Un alma ignorante
Que oscila entre la oscuridad de su noche y la negrura de su día,
Una monja que sufre
Entre las flores de su fe y las espinas de su soledad,
Una prostituta
Encerrada entre los colmillos de su debilidad y las garras de sus necesidades.
Un hombre pobre atrapado entre su amargura y su sumisión,
Un hombre rico entre su codicia y su conciencia,
Un poeta entre la bruma de su crepúsculo y las rosas de su amanecer.
El que puede experimentar, ver y comprender
Estos hechos,
Puede alcanzar la perfección
Y llegar a ser una sombra
De la Sombra de Dios.

HISTORIA DE UN AMIGO

Y dije:
¡Qué extraña mujer! Y él dijo:
Cuando lo conocí era un joven perdido en los caminos de la vida, estimulado por un impulso salvaje y fiel a la muerte en la obtención de sus deseos.
Cuando lo conocí era una delicada flor que los vientos de la imprudencia conducían al mar de la lujuria.
Cuando lo encontré en esa aldea era un niño desnaturalizado que, con manos crueles, desgarraba los nidos de los pájaros y mataba los pichones mientras pisoteaba las hermosas coronas de dulces flores.
Cuando lo encontré en la escuela era un adolescente alejado del estudio, arrogante y enemigo de la paz.
Cuando lo encontré en la ciudad era un joven que traficaba con el honor paterno en mercados siniestros, gastaba el dinero del padre en casas de mala fama y rendía su mente al fruto del vino.
Sin embargo lo amaba. Y mi amor por él era una mezcla de pena y simpatía. Lo amaba porque sus pecados no nacían de un espíritu pequeño: eran más bien las acciones de un alma perdida y desesperada.
El espíritu, queridos hermanos, se desvía del sendero de la sabiduría sin quererlo, pero vuelve a él voluntariamente. Cuando los torbellinos de la juventud soplan polvo y arena, los ojos quedan enceguecidos por un tiempo.
Amé esa juventud porque vi la paloma de su conciencia luchando contra el halcón de sus maldades. Y vi que la paloma resultaba dominada no por cobardía sino por la fuerza de su enemigo.
La conciencia es un juez justo pero; débil. La debilidad lo hace impotente para cumplir su juicio.
Di,1e que lo arpaba. Y el amor adopta diversas figuras. A veces la de la sabiduría, otras la de la justicia, frecuentemente la de la esperanza. Mi amor por él mantenía mi esperanza de ver que la luz triunfara en él sobre la oscuridad. Pero no sabía dónde ni cuándo su vicio se transformaría en pureza, su brutalidad en mansedumbre, su imprudencia en sabiduría. El hombre no sabe cómo hace el alma para liberarse de la esclavitud de la materia hasta después de encontrarse libre. Tampoco sabe cómo sonríen las flores hasta que llega la mañana.
Pasaron los días, que seguían a las noches, y seguía acordándome dolorosamente del joven; repetía su nombre con tanto afecto que mi corazón sangraba. Entonces, ayer, llegó una carta de él que decía: "Ven a verme, amigo, pues quiero que conozcas a un joven. Tu corazón se sentirá contento de encontrarlo y tu alma renovada al verlo."
Dije: "Pobre de mí. ¿Acaso trata de mezclar su triste amistad con otra similar? ¿El solo no es suficiente ejemplo de error y pecado para el mundo? ¿Ahora querrá reforzar sus errores con los de su compañero para que pueda verlos en una oscuridad doble?"
Pero luego reflexioné: "Debo ir; quizás el alma, que es sabia, coseche peras del olmo, y el alma amante haga luz de las tinieblas." .
Cuando llegó la noche lo encontré solo en su habitación, leyendo un libro de versos.
-¿Dónde está el nuevo amigo? -le pregunté.
-Soy yo, amigo -contestó-. Y mostró una calma que nunca antes había visto en él. En sus ojos ahora podía ver una extraña luz que penetraba el corazón. Esos ojos en los que antes había visto crueldad, estaban radiantes con la luz de la bondad. Entonces, con una voz que parecía provenir de otra persona, dijo-:El joven que conociste en la niñez y con el que fuiste a la escuela está muerto. Con su muerte nací yo. Soy tu nuevo amigo: toma mi mano.
Cuando estreché su mano percibí la existencia de un espíritu benigno que circulaba en su sangre. Su mano de hierro se había vuelto blanda y bondadosa. Sus dedos que ayer mismo eran como garras de tigre, hoy acariciaban el corazón. Entonces hablé otra vez:
-¿Quién eres y qué ha sucedido? ¿Cómo has llegado a ser así? ¿Acaso el Espíritu Santo penetró en tu corazón y santificó tu alma? ¿O estás representando un papel, creación de un poeta?
-Ay, amigo -respondió, el espíritu descendió sobre mí y me bendijo. Un gran amor transformó mi corazón en un altar sagrado. Es una mujer, amigo mío, una mujer que hasta ayer yo juzgaba un juguete en las manos del hombre, la que me sacó de la oscuridad del infierno y la que abrió para mí las puertas del Paraíso, al que entré. Una verdadera mujer que me condujo al río Jordán de su amor y me bautizó. La mujer a cuya hermana yo, en mi i norancia, había tratado irreverentemente, me ha exaltado aT trono de gloria. La mujer a cuyo compañero yo había desafiado con mi maldad purificó mi corazón con su afecto. La mujer cuya suerte yo había esclavizado con el dinero de mi padre me ha liberado con su belleza. La mujer que alejó a Adán del Paraíso con la fuerza de su voluntad me reintegró a mí al Paraíso con su ternura y mi obediencia.

jueves, 7 de mayo de 2009

APOCRIFOS-GNOSTICOS: Martín Lutero --- LAS 95 TESIS

APOCRIFOS-GNOSTICOS: Martín Lutero --- LAS 95 TESIS

Martín Lutero --- LAS 95 TESIS

.1. Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: «Haced penitencia...», ha querido quetoda la vida de los creyentes fuera penitencia.2. Este término no puede entenderse en el sentido de la penitencia sacramental (es decir, deaquella relacionada con la confesión y satisfacción) que se celebra por el ministerio de lossacerdotes.3. Sin embargo, el vocablo no apunta solamente a una penitencia interior; antes bien, unapenitencia interna es nula si no obra exteriormente diversas mortificaciones de la carne.4. En consecuencia, subsiste la pena mientras perdura el odio al propio yo (es decir, laverdadera penitencia interior), lo que significa que ella continúa hasta la entrada en el reino delos cielos.5. El Papa no quiere ni puede remitir culpa alguna, salvo aquella que él ha impuesto, sea porsu arbitrio, sea por conformidad a los cánones.6. El Papa no puede remitir culpa alguna, sino declarando y testimoniando que ha sidoremitida por Dios, o remitiéndola con certeza en los casos que se ha reservado. Si éstosfuesen menospreciados, la culpa subsistirá íntegramente.7. De ningún modo Dios remite la culpa a nadie, sin que al mismo tiempo lo humille y losometa en todas las cosas al sacerdote, su vicario.8. Los cánones penitenciales han sido impuestos únicamente a los vivientes y nada debe serimpuesto a los moribundos basándose en los cánones.9. Por ello, el Espíritu Santo nos beneficia en la persona del Papa, quien en sus decretossiempre hace una excepción en caso de muerte y de necesidad.10. Mal y torpemente proceden los sacerdotes que reservan a los moribundos penas canónicasen el purgatorio.11. Esta cizaña, cual la de transformar la pena canónica en pena para el purgatorio, parecepor cierto haber sido sembrada mientras los obispos dormían.12. Antiguamente las penas canónicas no se imponían después sino antes de la absolución,como prueba de la verdadera contrición.13. Los moribundos son absueltos de todas sus culpas a causa de la muerte y ya son muertospara las leyes canónicas, quedando de derecho exentos de ellas.14. Una pureza o caridad imperfectas traen consigo para el moribundo, necesariamente, granmiedo; el cual es tanto mayor cuanto menor sean aquéllas.15. Este temor y horror son suficientes por sí solos (por no hablar de otras cosas) paraconstituir la pena del purgatorio, puesto que están muy cerca del horror de la desesperación.16. Al parecer, el infierno, el purgatorio y el cielo difieren entre sí como la desesperación, lacuasi desesperación y la seguridad de la salvación.17. Parece necesario para las almas del purgatorio que a medida que disminuya el horror,aumente la caridad.18. Y no parece probado, sea por la razón o por las Escrituras, que estas almas esténexcluidas del estado de mérito o del crecimiento en la caridad.19. Y tampoco parece probado que las almas en el purgatorio, al menos en su totalidad,tengan plena certeza de su bienaventuranza ni aún en el caso de que nosotros podamos estarcompletamente seguros de ello.20. Por tanto, cuando el Papa habla de remisión plenaria de todas las penas, significasimplemente el perdón de todas ellas, sino solamente el de aquellas que él mismo impuso.21. En consecuencia, yerran aquellos predicadores de indulgencias que afirman que el hombrees absuelto a la vez que salvo de toda pena, a causa de las indulgencias del Papa.22. De modo que el Papa no remite pena alguna a las almas del purgatorio que, según loscánones, ellas debían haber pagado en esta vida.23. Si a alguien se le puede conceder en todo sentido una remisión de todas las penas, esseguro que ello solamente puede otorgarse a los más perfectos, es decir, muy pocos.24. Por esta razón, la mayor parte de la gente es necesariamente engañada por esaindiscriminada y jactanciosa promesa de la liberación de las penas.25. El poder que el Papa tiene universalmente sobre el purgatorio, cualquier obispo o cura loposee en particular sobre su diócesis o parroquia.26. Muy bien procede el Papa al dar la remisión a las almas del purgatorio, no en virtud delpoder de las llaves (que no posee), sino por vía de la intercesión.27. Mera doctrina humana predican aquellos que aseveran que tan pronto suena la monedaque se echa en la caja, el alma sale volando.28. Cierto es que, cuando al tintinear, la moneda cae en la caja, el lucro y la avaricia pueden iren aumento, más la intercesión de la Iglesia depende sólo de la voluntad de Dios.29. ¿Quién sabe, acaso, si todas las almas del purgatorio desean ser redimidas? Hay querecordar lo que, según la leyenda, aconteció con San Severino y San Pascual.30. Nadie está seguro de la sinceridad de su propia contrición y mucho menos de que hayaobtenido la remisión plenaria.31. Cuán raro es el hombre verdaderamente penitente, tan raro como el que en verdadadquiere indulgencias; es decir, que el tal es rarísimo.32. Serán eternamente condenados junto con sus maestros, aquellos que crean estar segurosde su salvación mediante una carta de indulgencias.33. Hemos de cuidarnos mucho de aquellos que afirman que las indulgencias del Papa son elinestimable reconciliado con Dios.34. Pues aquellas gracias de perdón sólo se refieren a las penas de la satisfacciónsacramental, las cuales han sido establecidas por los hombres.35. Predican una doctrina anticristiana aquellos que enseñan que no es necesaria la contriciónpara los que rescatan almas o confessionalia.36. Cualquier cristiano verdaderamente arrepentido tiene derecho a la remisión plenaria depena y culpa, aun sin carta de indulgencias.37. Cualquier cristiano verdadero, sea que esté vivo o muerto, tiene participación en todos lobienes de Cristo y de la Iglesia; esta participación le ha sido concedida por Dios, aun sin cartasde indulgencias.38. No obstante, la remisión y la participación otorgadas por el Papa no han demenospreciarse en manera alguna, porque, como ya he dicho, constituyen un anuncio de laremisión divina.39. Es dificilísimo hasta para los teólogos más brillantes, ensalzar al mismo tiempo, ante elpueblo. La prodigalidad de las indulgencias y la verdad de la contrición.40. La verdadera contrición busca y ama las penas, pero la profusión de las indulgencias relajay hace que las penas sean odiadas; por lo menos, da ocasión para ello.41. Las indulgencias apostólicas deben predicarse con cautela para que el pueblo no creaequivocadamente que deban ser preferidas a las demás buenas obras de caridad.42. Debe enseñarse a los cristianos que no es la intención del Papa, en manera alguna, que lacompra de indulgencias se compare con las obras de misericordia.43. Hay que instruir a los cristianos que aquel que socorre al pobre o ayuda al indigente,realiza una obra mayor que si comprase indulgencias.44. Porque la caridad crece por la obra de caridad y el hombre llega a ser mejor; en cambio,no lo es por las indulgencias, sino a lo mas, liberado de la pena.45. Debe enseñarse a los cristianos que el que ve a un indigente y, sin prestarle atención, dasu dinero para comprar indulgencias, lo que obtiene en verdad no son las indulgenciaspapales, sino la indignación de Dios.46. Debe enseñarse a los cristianos que, si no son colmados de bienes superfluos, estánobligados a retener lo necesario para su casa y de ningún modo derrocharlo en indulgencias.47. Debe enseñarse a los cristianos que la compra de indulgencias queda librada a la propiavoluntad y no constituye obligación.48. Se debe enseñar a los cristianos que, al otorgar indulgencias, el Papa tanto más necesitacuanto desea una oración ferviente por su persona, antes que dinero en efectivo.49. Hay que enseñar a los cristianos que las indulgencias papales son útiles si en ellas noponen su confianza, pero muy nocivas si, a causa de ellas, pierden el temor de Dios.50. Debe enseñarse a los cristianos que si el Papa conociera las exacciones de lospredicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujese a cenizasantes que construirla con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas.51. Debe enseñarse a los cristianos que el Papa estaría dispuesto, como es su deber, a dar desu peculio a muchísimos de aquellos a los cuales los pregoneros de indulgencias sonsacaron eldinero aun cuando para ello tuviera que vender la basílica de San Pedro, si fuera menester.52. Vana es la confianza en la salvación por medio de una carta de indulgencias, aunque elcomisario y hasta el mismo Papa pusieran su misma alma como prenda.53. Son enemigos de Cristo y del Papa los que, para predicar indulgencias, ordenan suspenderpor completo la predicación de la palabra de Dios en otras iglesias.54. Oféndese a la palabra de Dios, cuando en un mismo sermón se dedica tanto o más tiempoa las indulgencias que a ella.55. Ha de ser la intención del Papa que si las indulgencias (que muy poco significan) secelebran con una campana, una procesión y una ceremonia, el evangelio (que es lo másimportante)deba predicarse con cien campanas, cien procesiones y cien ceremonias.56. Los tesoros de la iglesia, de donde el Papa distribuye las indulgencias, no son nisuficientemente mencionados ni conocidos entre el pueblo de Dios.57. Que en todo caso no son temporales resulta evidente por el hecho de que muchos de lospregoneros no los derrochan, sino más bien los atesoran.58. Tampoco son los méritos de Cristo y de los santos, porque éstos siempre obran, sin laintervención del Papa, la gracia del hombre interior y la cruz, la muerte y el infierno delhombre exterior.59. San Lorenzo dijo que los tesoros de la iglesia eran los pobres, mas hablaba usando eltérmino en el sentido de su época.60. No hablamos exageradamente si afirmamos que las llaves de la iglesia (donadas por elmérito de Cristo) constituyen ese tesoro.61. Esta claro, pues, que para la remisión de las penas y de los casos reservados, basta con lasola potestad del Papa.62. El verdadero tesoro de la iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia deDios.63. Empero este tesoro es, con razón, muy odiado, puesto que hace que los primeros seanpostreros.64. En cambio, el tesoro de las indulgencias, con razón, es sumamente grato, porque haceque los postreros sean primeros.65. Por ello, los tesoros del evangelio son redes con las cuales en otros tiempos se pescaban ahombres poseedores de bienes.66. Los tesoros de las indulgencias son redes con las cuales ahora se pescan las riquezas delos hombres.67. Respecto a las indulgencias que los predicadores pregonan con gracias máximas, seentiende que efectivamente lo son en cuanto proporcionan ganancias.68. No obstante, son las gracias más pequeñas en comparación con la gracia de Dios y lapiedad de la cruz.69. Los obispos y curas están obligados a admitir con toda reverencia a los comisarios de lasindulgencias apostólicas.70. Pero tienen el deber aún más de vigilar con todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos,para que esos hombres no prediquen sus propios ensueños en lugar de lo que el Papa les haencomendado.71. Quién habla contra la verdad de las indulgencias apostólicas, sea anatema y maldito.72. Mas quien se preocupa por los excesos y demasías verbales de los predicadores deindulgencias, sea bendito.73. Así como el Papa justamente fulmina excomunión contra los que maquinan algo, concualquier artimaña de venta en perjuicio de las indulgencias.74. Tanto más trata de condenar a los que bajo el pretexto de las indulgencias, intrigan enperjuicio de la caridad y la verdad.75. Es un disparate pensar que las indulgencias del Papa sean tan eficaces como para quepuedan absolver, para hablar de algo imposible, a un hombre que haya violado a la madre deDios.76. Decimos por el contrario, que las indulgencias papales no pueden borrar el más leve de lospecados veniales, en concierne a la culpa.77. Afirmar que si San Pedro fuese Papa hoy, no podría conceder mayores gracias, constituyeuna blasfemia contra San Pedro y el Papa.78. Sostenemos, por el contrario, que el actual Papa, como cualquier otro, dispone demayores gracias, saber: el evangelio, las virtudes espirituales, los dones de sanidad, etc.,como se dice en 1ª de Corintios 12.79. Es blasfemia aseverar que la cruz con las armas papales llamativamente erecta, equivale ala cruz de Cristo.80. Tendrán que rendir cuenta los obispos, curas y teólogos, al permitir que charlas tales sepropongan al pueblo.81. Esta arbitraria predicación de indulgencias hace que ni siquiera, aun para personas cultas,resulte fácil salvar el respeto que se debe al Papa, frente a las calumnias o preguntasindudablemente sutiles de los laicos.82. Por ejemplo: ¿Por qué el Papa no vacía el purgatorio a causa de la santísima caridad y lamuy apremiante necesidad de las almas, lo cual sería la más justa de todas las razones si élredime un número infinito de almas a causa del muy miserable dinero para la construcción dela basílica, lo cual es un motivo completamente insignificante?83. Del mismo modo: ¿Por qué subsisten las misas y aniversarios por los difuntos y por qué elPapa no devuelve o permite retirar las fundaciones instituidas en beneficio de ellos, puestoque ya no es justo orar por los redimidos?84. Del mismo modo: ¿Qué es esta nueva piedad de Dios y del Papa, según la cual concedenal impío y enemigo de Dios, por medio del dinero, redimir un alma pía y amiga de Dios, y porque no la redimen más bien, a causa de la necesidad, por gratuita caridad hacia esa mismaalma pía y amada?85. Del mismo modo: ¿Por qué los cánones penitenciales que de hecho y por el desuso desdehace tiempo están abrogados y muertos como tales, se satisfacen no obstante hasta hoy porla concesión de indulgencias, como si estuviesen en plena vigencia?86. Del mismo modo: ¿Por qué el Papa, cuya fortuna es hoy más abundante que la de los másopulentos ricos, no construye tan sólo una basílica de San Pedro de su propio dinero, en lugarde hacerlo con el de los pobres creyentes?87. Del mismo modo: ¿Qué es lo que remite el Papa y qué participación concede a los que poruna perfecta contrición tienen ya derecho a una remisión y participación plenarias?88. Del mismo modo: ¿Que bien mayor podría hacerse a la iglesia si el Papa, como lo haceahora una vez, concediese estas remisiones y participaciones cien veces por día a cualquierade los creyentes?89. Dado que el Papa, por medio de sus indulgencias, busca más la salvación de las almas queel dinero, ¿por qué suspende las cartas e indulgencias ya anteriormente concedidas, si sonigualmente eficaces?90. Reprimir estos sagaces argumentos de los laicos sólo por la fuerza, sin desvirtuarlos conrazones, significa exponer a la Iglesia y al Papa a la burla de sus enemigos y contribuir a ladesdicha de los cristianos.91. Por tanto, si las indulgencias se predicasen según el espíritu y la intención del Papa, todasesas objeciones se resolverían con facilidad o más bien no existirían.92. Que se vayan, pues todos aquellos profetas que dicen al pueblo de Cristo: «Paz, paz»; yno hay paz.93. Que prosperen todos aquellos profetas que dicen al pueblo: «Cruz, cruz» y no hay cruz.94. Es menester exhortar a los cristianos que se esfuercen por seguir a Cristo, su cabeza, através de penas, muertes e infierno.95. Y a confiar en que entrarán al cielo a través de muchas tribulaciones, antes que por lailusoria seguridad de paz.
.Wittenberg, 31 de octubre de 1517
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